1. Introducción
En las últimas décadas, el modelo neoliberal se ha expandido por América Latina y
ha cambiado de raíz sus estructuras sociales, políticas y económicas. La educación
no ha quedado fuera de eso, sobre todo la educación superior. En México, las instituciones
de educación superior (IES) han vivido una mercantilización creciente. Eso ha modificado
desde cómo se organiza la enseñanza hasta algo más de fondo: las condiciones laborales
de los profesores (Bourdieu 2000; Ball 2012; Harvey 2007).
El concepto de precariedad docente se refiere a inestabilidad, desprotección y contratos
muy flexibles. Todo eso impide que quien enseña pueda desarrollarse profesionalmente
como debiera (Lorey 2016, Standing 2014). Esta situación se vuelve más grave cuando las universidades -sobre todo las privadas,
pero también algunas públicas- empiezan a funcionar como empresas. En ese modelo,
lo que importa es ganar dinero, no dar una buena formación (Giroux 2014; Slaughter & Rhoades 2004).
Al docente se le ha ido quitando su lugar como formador con compromiso ético y social.
Hoy se le ve más bien como una pieza útil que debe cumplir metas de productividad
y eficiencia (Slaughter & Rhoades 2004). Eso no sólo afecta sus derechos laborales: le quita el sentido mismo a su trabajo.
Este artículo propone analizar la precariedad docente en las IES mexicanas como un
fenómeno estructural del neoliberalismo. Para hacerlo, combinamos un enfoque teórico-crítico
con un análisis empírico basado en los microdatos de la ENOE (INEGI, 2024), enfocándonos en el estado de Puebla. Buscamos identificar las dimensiones contractuales
y económicas a través de evidencia estadística, y también analizar las dimensiones
simbólicas mediante reflexión teórica crítica.
Sostenemos que tener al profesorado en situación precaria no es un fallo del sistema.
Al contrario, explica cómo funciona: es uno de sus pilares organizativos. Eso nos
obliga a preguntarnos si la educación es un derecho social o una mercancía.
En México, el modelo neoliberal ha reconfigurado las Instituciones de Educación Superior
de una manera clara: las ha vuelto más mercantiles, ha flexibilizado el trabajo de
los profesores y ha subordinado lo académico a la lógica de la rentabilidad.
En este contexto, los docentes -sobre todo en universidades privadas, aunque no sólo
ahí- enfrentan varias cosas a la vez: contratos temporales, salarios bajos, falta
de prestaciones, presión administrativa y también una pérdida del valor simbólico
de su trabajo.
A pesar de que el problema es grave, todavía hay poca evidencia cuantitativa y pocos
análisis que integren todas estas dimensiones. Eso hace difícil entender que la precariedad
docente no es un accidente, sino algo estructural que al régimen universitario neoliberal
le resulta funcional. También se dificulta ver cómo impacta eso en la calidad educativa
y en la formación profesional. Este estudio busca responder a esa falta de información.
2. Revisión de la literatura
Precariedad docente como fundamento del nuevo régimen educativo
La precariedad laboral docente es un fenómeno ampliamente discutido en la literatura
contemporánea, sobre todo en relación con la expansión del modelo neoliberal en los
sistemas educativos. Este modelo ha transformado profundamente la educación superior:
su carácter de bien público ha sido desplazado por una lógica de mercado. En este
contexto, el trabajo académico se ha vuelto más flexible, desregulado y subordinado
a criterios de rentabilidad y eficiencia (Harvey, 2007; Ball, 2012; Laval y Dardot, 2013).
Para varios autores, la precarización no es un fallo ni algo que funcione mal dentro
del sistema. Al contrario, es lo que el orden neoliberal produce de manera natural.
Harvey (2007) plantea que el neoliberalismo obliga a las instituciones públicas a funcionar como
empresas: lo que importa es la eficiencia financiera, no los fines sociales. En la
educación, esa lógica ha empujado a las universidades hacia modelos de gestión basados
en la competencia, la evaluación permanente y el recorte de costos laborales. Giroux (2014) sostiene que la educación pública ha sido invadida por una mentalidad gerencial,
corporativa y comercial, generando lo que él llama “precariedad educativa”. Apple (2001, 2004) también advierte: las políticas neoliberales están cambiando la profesión docente,
empujándola hacia la eficiencia, la rendición de cuentas y la conversión del currículo
en mercancía.
La precariedad docente tiene varias caras. Por el lado contractual, significa empleos
temporales, sin estabilidad laboral ni prestaciones. En el plano simbólico, implica
que el profesor ya no es visto como un intelectual crítico o un formador de ciudadanía,
sino como un simple ejecutor de instrucciones externas. Esta desvalorización también
se nota en la pérdida de reconocimiento social, en el debilitamiento de su autoridad
profesional y en discursos que lo culpan del fracaso educativo, ignorando las condiciones
estructurales que realmente limitan su trabajo. Standing (2014) llama “precariado” a ese nuevo grupo social marcado por la inestabilidad estructural
y la pérdida de derechos laborales, y los docentes, cada vez más, forman parte de
él. Lorey (2016) va más allá: la precariedad no es sólo económica, sino una forma de gobernar que
produce sujetos que se autorregulan y viven constantemente bajo la incertidumbre.
Esta transformación ha cambiado profundamente el concepto de quién es el profesor
y qué hace. Ya no se le ve como un agente formador, sino como un prestador de servicios
educativos al que se evalúa por su capacidad para cumplir con números e indicadores.
Slaughter y Rhoades (2004) lo señalan claramente: al subordinar el conocimiento al mercado, la universidad se
ha convertido en una “universidad emprendedora”, donde la docencia y la investigación
responden más a la demanda que al compromiso social o académico.
Bourdieu (2000) ya advertía que la autonomía del campo académico peligra cuando se introducen criterios
externos que alteran sus reglas internas. En la universidad neoliberal, el capital
cultural del docente vale menos que las competencias administrativas o tecnológicas
que sirven a la lógica de gestión. El resultado es una pérdida de autoridad profesional
y un debilitamiento del sentido ético-político de la docencia.
En América Latina, Sousa Santos (2010) ha sido contundente: la mercantilización educativa va de la mano con una pérdida
del sentido democrático. La universidad, lejos de ser un espacio de pensamiento crítico
y producción de conocimiento emancipador, se ha transformado en un lugar que reproduce
desigualdades. Giroux (2014) comparte esta denuncia: para él, la educación superior ha abandonado su función social
y se ha reconfigurado como un simple entrenamiento de “capital humano” para el mercado.
Lo que se ha escrito sobre México apunta en la misma dirección. Investigaciones de
Cruz Castro (2017), Zorrilla (2016) y Pérez Rivas (2005) muestran que las IES, sobre todo las privadas, han recurrido sistemáticamente a contrataciones
flexibles, sin derechos laborales y con evaluaciones basadas en productividad. En
las públicas tampoco se salvan: el sistema de estímulos y evaluaciones cuantitativas
ha creado una cultura de sobreproducción académica que termina precarizando simbólicamente
el trabajo docente. De la Garza (2000) señala que la flexibilización laboral impulsada por el Estado mexicano ha golpeado
duramente las relaciones de trabajo, erosionando estabilidad y derechos en varios
sectores, incluyendo la educación superior. Brunner (2005) advierte que evaluar por resultados ha transformado el ethos académico, subordinando
el trabajo intelectual a parámetros de productividad y números, algo que también ha
ocurrido en otros países latinoamericanos, México incluido.
Los informes de organismos internacionales como la Organización para la Cooperación
y el Desarrollo Económicos (OCDE, 2020) y la UNESCO (2024) van en la misma línea: las condiciones laborales del profesorado universitario en
América Latina vienen deteriorándose. Entre los factores que identifican están la
sobrecarga administrativa, la presión por publicar en revistas indexadas, la falta
de estabilidad y el escaso apoyo para la formación continua. Todo esto genera un escenario
donde la docencia se ejerce bajo presión constante, sin un reconocimiento justo ni
las condiciones mínimas para hacer un trabajo pedagógico que valga la pena.
En suma, la revisión de literatura muestra que la precariedad laboral docente en el
contexto neoliberal constituye un fenómeno complejo, multidimensional y estructural.
Lejos de tratarse de una coyuntura pasajera o un efecto colateral, se trata de una
estrategia funcional al modelo de universidad de mercado. Comprender esta lógica es
imprescindible para resistirla y proponer alternativas que recuperen la dignidad del
trabajo académico y el sentido social de la educación superior.
3. Diseño metodológico
El presente estudio se enmarca en un enfoque cuantitativo-descriptivo, con sustento
empírico en los datos generados por la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE)
(INEGI, 2024), correspondiente al periodo 2006-2024. La elección de esta base de datos responde
a su representatividad nacional, continuidad temporal y desagregación por variables
sociodemográficas, laborales y educativas. Aunque las transformaciones del modelo
inician en México desde inicios de los noventa, es a partir del presente siglo cuando
se han consolidado las políticas e instrumentos que fundamentan la precariedad laboral
docente, en particular el Sistema Nacional de Investigadores (1984) y el Programa
de Mejoramiento del Profesorado (1996). Por tal motivo, se seleccionó este periodo,
además de tratarse de una etapa marcada por transformaciones significativas en el
sistema educativo mexicano, como la implementación de la Reforma Educativa de 2013
y su posterior abrogación en 2019, que reconfiguraron los mecanismos de evaluación
docente, la gestión institucional y las condiciones laborales en las instituciones
de educación superior. Estas reformas, según el Resumen ejecutivo de la Reforma Educativa(Secretaría de Educación Pública, 2013, p.2), buscaron “establecer un servicio profesional docente con reglas que respeten los
derechos laborales de los maestros” y “sentar las bases para que los elementos del
Sistema Educativo sean evaluados de manera imparcial, objetiva y transparente”.
La estrategia metodológica se enfocó en la identificación de docentes que laboran
en Instituciones de Educación Superior, tanto públicas como privadas. Se analizaron
las condiciones laborales de esta población con base en variables como tipo de contrato,
percepción salarial, acceso a prestaciones sociales, jornadas laborales, nivel de
instrucción y duración del vínculo laboral, entre otras. El tratamiento estadístico
consistió en un análisis descriptivo de frecuencias y porcentajes, permitiendo establecer
comparaciones entre distintos tipos de IES, así como entre hombres y mujeres.
Para garantizar la comparabilidad temporal, se utilizaron los datos del primer trimestre
de cada año, con excepción de 2006 y 2008, en los que se recurrió al segundo trimestre
debido a la disponibilidad y consistencia de la información. Asimismo, las estimaciones
se realizaron tomando en cuenta el diseño de muestreo complejo de la ENOE, incorporando
las unidades primarias de muestreo (UPM), los estratos y los factores de expansión
provistos en los microdatos. Esto permitió obtener coeficientes de variación (CV)
adecuados. El coeficiente de variación se reporta como medida de precisión estadística
de las estimaciones, reconociendo que valores elevados de CV limitan la confiabilidad
de los resultados (de acuerdo con el INEGI, un CV mayor a 25 se refiere a una mala
calidad de la estimación).
Se prestó especial atención al caso del estado de Puebla como estudio representativo,
en función de su dinamismo educativo y crecimiento reciente de universidades privadas.
La metodología adoptada no busca realizar inferencias causales, sino visibilizar tendencias
persistentes y estructurales en el campo laboral docente. Por tanto, no se aplicaron
modelos econométricos ni técnicas de regresión multivariada, lo cual constituye una
limitación que se reconoce explícitamente. No obstante, se considera que el enfoque
descriptivo es adecuado para el objetivo de este trabajo: mostrar el carácter sistemático
y estructural de la precariedad laboral docente en el marco del modelo neoliberal.
Se reconoce también que, en otro estudio, sería conveniente realizar investigación
de campo para medir variables subjetivas de la precariedad laboral docente.
4. Análisis y discusión
4.1 Del aula al mercado: la precariedad docente como dispositivo estructural del modelo neoliberal
En el capitalismo actual, el modelo neoliberal se ha impuesto como la forma dominante
de organización económica y social en buena parte del mundo. Este modelo se caracteriza
por promover un Estado mínimo, confiar en el libre mercado como regulador de la vida
social y trasladar a los individuos responsabilidades que antes eran consideradas
derechos públicos (Harvey, 2007; Laval & Dardot, 2013). La salud, la educación y la seguridad, entre otras, han sido privatizadas, lo que
ha cambiado su accesibilidad, su sentido colectivo y su naturaleza social.
Los organismos internacionales como el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional
(FMI) han impulsado reformas que fomentan la adopción de modelos gerenciales en la
educación, bajo el discurso de la modernización y la eficiencia (Robertson y Dale, 2002; Ball, 2012). Servicios que antes garantizaba el Estado se convierten en mercancías que cada
uno compra individualmente en el mercado, consolidando así una lógica de competencia
entre instituciones.
Como señala Lorey (2016), el neoliberalismo no es sólo un sistema económico, sino también un régimen de subjetivación
que moldea formas particulares de ser, pensar y actuar. El sujeto neoliberal se concibe
como un empresario de sí mismo, responsable de sus propios éxitos y fracasos. Esto
hace que las desigualdades estructurales se acepten como algo “natural” y que la precariedad
se legitime como si fuera una cuestión de mérito individual (Brown, 2016; Standing, 2014). En este contexto, la vida se convierte en una empresa que exige eficiencia, rentabilidad
y planificación, dando lugar a sujetos que se ven a sí mismos como gestores de su
propia existencia (Foucault, 2007; Laval & Dardot, 2013; Brown, 2016; Lorey, 2016).
La lógica del consumo refuerza esta subjetividad. El individuo busca su realización
personal y su identidad a través de la compra de bienes y servicios, atrapado en un
ciclo de insatisfacción. Como planteaba Freud (2021 [1927]) en su teoría del fetichismo, el deseo no satisfecho se desplaza continuamente
hacia nuevos objetos, generando un circuito de consumo sin fin. Žižek (2008) sostiene que este goce sin límites se convierte en una estructura de deseo que nunca
alcanza plenitud. Así, trabajar más se vuelve necesario para consumir más, y consumir
más es esencial para sostener la identidad moderna. Esto produce una lógica de autoexplotación
donde la promesa de autorrealización siempre se aplaza. Esta maquinaria subjetiva
opera mediante la falta y el deseo insatisfecho, haciendo del consumo una política
cultural y una forma de control social (Presta, 2021; Bauman, 2007)
Dentro de este marco, el emprendimiento se presenta como una alternativa al trabajo
asalariado, tal como lo advierten Terán-Yépez y Guerrero-Mora (2020) en su revisión crítica de las teorías sobre el tema. Se glorifica al “emprendedor”
como un símbolo de esfuerzo personal, creatividad y autonomía, ocultando las condiciones
de inestabilidad y precariedad en las que realmente opera, un fenómeno que Médor (2020)
analiza a propósito del autoempleo. El discurso dominante sostiene que cualquiera
puede alcanzar el éxito si se esfuerza lo suficiente, reforzando así una lógica meritocrática
que invisibiliza las desigualdades estructurales, como critican Sandel (2020) y Villavicencio (2021). El fracaso, entonces, no se explica por las condiciones del mercado, sino que se
presenta como producto de la insuficiencia individual.
Esta narrativa omite las profundas asimetrías del sistema. El llamado a emprender
ocurre en un entorno donde los grandes monopolios concentran los medios de producción,
distribución y acceso a recursos, como señala Harvey (2007) en su análisis del neoliberalismo. Muchos emprendedores terminan como proveedores
subordinados, consumidores cautivos o trabajadores sin derechos, disfrazados de socios
comerciales. Los trabajadores de plataformas digitales o de venta por catálogo son
ejemplo de esta economía sin protección social, situación que ha sido conceptualizada
por Standing (2011) como parte del “precariado” y por Srnicek (2017) como resultado del capitalismo de plataformas.
Pese a su discurso de mínima intervención estatal, el modelo neoliberal depende de
un aparato gubernamental que garantice las condiciones políticas, jurídicas e institucionales
para su funcionamiento. El Estado no desaparece: se transforma en facilitador del
mercado, dejando de ser garante de derechos. Su función consiste en crear condiciones
para la acumulación de capital, lo cual implica proteger intereses empresariales,
garantizar la libre competencia y desarticular formas de organización colectiva como
sindicatos y movimientos sociales (Harvey, 2007).
Este modelo ha generado nuevas formas de control sobre el profesorado, no sólo mediante
el contrato o el salario, sino también a través de la autoexplotación simbólica, la
presión por la productividad y la desvalorización profesional (Bourdieu, 2000; Ball, 2003). La precariedad docente deja de ser una anomalía para convertirse en una condición
estructural funcional al régimen universitario neoliberal, sostenida por dispositivos
políticos, culturales y subjetivos que perpetúan el desgaste y la desprotección académica.
Tradicionalmente concebida como un derecho social, la educación ha sido objeto de
mercantilización a partir de las recomendaciones del FMI y el BM. La reducción del
gasto público y el estímulo al capital privado generaron un entorno en que las IES,
especialmente las privadas, adoptaron modelos empresariales. Compiten por atraer “clientes”
-estudiantes- mediante programas cortos, modalidades flexibles, nombres llamativos
y facilidades de titulación, en detrimento de la calidad académica (Romo, s.f.; Acevedo, 2021). La formación deja de apuntar a ciudadanos críticos, y se orienta a producir capital
humano funcional al mercado.
Esta transformación ha impactado el rol docente. El profesor deja de ser agente formador
para convertirse en recurso humano sujeto a evaluación permanente mediante indicadores
cuantitativos como tasas de reprobación o titulación oportuna, en línea con lo que
Apple (2001) describe como la lógica de la rendición de cuentas en la educación neoliberal. La
presión por mantener matrícula y evitar conflictos con estudiantes-cliente induce
una reducción en la exigencia académica, prioriza lo fácilmente evaluable y desplaza
objetivos cualitativos como el pensamiento crítico, la formación ética o el compromiso
social, tal como advierten Giroux (2014) y Sousa Santos (2020) en sus críticas a la educación como mercancía.
En consecuencia, se consolida un círculo vicioso: la precarización laboral deteriora
la calidad educativa, y ese deterioro justifica nuevas medidas de control institucional
bajo el discurso de excelencia, fenómeno señalado por De Lissovoy (2015) en su análisis de la gobernanza neoliberal en la educación superior. La educación
se reduce a mercancía, el docente a proveedor de contenidos y el estudiante a consumidor,
como lo han planteado Ball (2012) y Laval (2004) en sus estudios sobre la mercantilización y managerialismo en el ámbito educativo.
La precariedad laboral docente -aunque presente en instituciones públicas- se intensifica
en las privadas, donde la lógica empresarial impone condiciones desfavorables. En
México, este proceso se ha acelerado con el crecimiento del sector privado educativo
como respuesta tanto a la insuficiencia del sistema público como a la liberalización
promovida por políticas neoliberales. Según datos de la ANUIES, entre 1990 y 2016,
las IESP crecieron más de 340 %, y para el ciclo 2023-2024 representan el 70 % de
las IES del país (ANUIES, 2024). Este predominio configura un sistema marcado por
la competitividad y la rentabilidad, favoreciendo prácticas contractuales flexibles,
empleos temporales y supresión de derechos laborales.
En estas instituciones, se recurre a estrategias de reducción de costos mediante esquemas
de contratación que no reconocen derechos plenos, fenómeno ampliamente documentado
por Hernández et al. (2012) y como señalan Solares y Vera (2023) en sus estudios sobre precarización laboral en México. Predomina el modelo de profesor
por hora-clase, bajo contratos que no se inscriben en la Ley Federal del Trabajo,
sino como “prestación de servicios profesionales”, lo que Apple (2001) identifica como parte de la lógica neoliberal de flexibilización laboral en el ámbito
educativo. Esto obliga a emitir recibos de honorarios, excluye prestaciones sociales
y anula la estabilidad laboral, situación que Sousa Santos (2020) describe como una forma de vulnerabilización del trabajo docente.
Las cláusulas contractuales establecen que la docencia no constituye ocupación principal
y que no existe vínculo laboral, permitiendo a las instituciones deslindarse de obligaciones
como seguridad social, vacaciones o aguinaldo, en coherencia con lo que Ball (2012) denomina managerialismo aplicado a la educación. Además, se asignan pocas horas
por docente para mantener coherencia formal con dicho esquema, lo que obliga a buscar
empleo en múltiples instituciones o asumir actividades paralelas para alcanzar un
ingreso digno, tal como señalan Anaya Pedraza (2024) y Solares y Vera (2023) en sus investigaciones sobre el trabajo académico fragmentado y la multiempleabilidad
docente.
Las repercusiones económicas incluyen ingresos bajos e inestables, ausencia de salario
durante vacaciones y feriados, y carga administrativa fuera del horario remunerado,
aspectos señalados por Hernández et al. (2012) en su análisis sobre precariedad laboral en México. En términos de salud, la precariedad
se manifiesta como estrés, ansiedad y agotamiento derivados de la incertidumbre contractual,
la multiplicidad de tareas y la falta de respaldo institucional, tal como advierte
Standing (2011) en sus estudios sobre el impacto psicosocial de la inestabilidad laboral. Esta situación
deteriora la calidad de vida de los docentes, impacta en sus relaciones personales
y condiciona el equilibrio entre trabajo y familia, fenómeno descrito por Solares y Vera (2023) en relación con el profesorado de asignatura.
Aunque suele pensarse que las Instituciones de Educación Superior públicas ofrecen
mejores condiciones laborales, dicha percepción requiere matices. Al interior de estas
instituciones también existe una segmentación entre docentes de tiempo completo y
aquellos contratados por asignatura u hora-clase, lo que Rodríguez-Gómez (2019) denomina fragmentación del trabajo académico y Sousa Santos (2020) interpreta como una expresión de desigualdad estructural dentro del sistema educativo.
Los docentes por hora en IES públicas, aunque en ocasiones reciben salarios más altos
que sus pares del sector privado, también enfrentan inestabilidad laboral, ausencia
de prestaciones, y contratos semestrales sujetos a renovación. En muchos casos también
están obligados a facturar sus servicios, lo que los deja sin acceso a derechos básicos
(Rama, 2010).
Por su parte, los docentes de tiempo completo conforman el grupo mejor posicionado.
Cuentan con contrato base, prestaciones laborales, seguridad social, aguinaldo, vacaciones,
fondos para el retiro y, a menudo, apoyo institucional para investigación. Sin embargo,
el acceso a estas plazas es competitivo y limitado, lo que perpetúa la segmentación
laboral.
Un elemento central que ha reconfigurado la vida académica en las IES públicas es
el sistema de estímulos al desempeño, como el Programa para el Mejoramiento del Profesorado
(PROMEP), el Programa de Estímulos al Desempeño Docente (PEDD), y la pertenencia al
Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Si bien han incrementado los ingresos de
algunos docentes, también han impuesto nuevas formas de presión y precarización simbólica
(De Ibarrola, 2005).
Estos mecanismos incentivan la productividad medida en términos cuantitativos -número
de publicaciones, proyectos financiados, participación en congresos-, desviando la
atención de la dimensión pedagógica y afectando el vínculo formativo con los estudiantes.
Asimismo, han fomentado la sobreproducción académica, la fragmentación de investigaciones
y el abandono de áreas no rentables en términos métricos (Apple, 2001).
En síntesis, aunque las IES públicas presentan algunas ventajas comparativas, también
están profundamente atravesadas por lógicas de precarización laboral, presión tecnocrática
y desigualdad estructural. Se vuelve urgente repensar sus políticas de contratación,
evaluación y financiamiento para reorientar la educación superior hacia un horizonte
de justicia y dignidad profesional.
4.2 Precariedad docente y erosión de la calidad educativa: efectos estructurales del modelo neoliberal
La precariedad laboral docente no es un fenómeno aislado ni estrictamente vinculado
al quehacer laboral; constituye una condición estructural con impactos directos sobre
uno de los pilares fundamentales del desarrollo social: la calidad educativa. Mantener
estándares significativos en la enseñanza resulta inviable cuando quienes sostienen
el proceso pedagógico enfrentan inestabilidad, incertidumbre, sobrecarga y desvalorización.
La educación no puede reducirse a un proceso técnico o administrativo; es una actividad
profundamente ética, humana y relacional, en la que la figura del docente es insustituible
(Freire, 1997).
El concepto de calidad educativa es, en sí mismo, polisémico y admite muchas interpretaciones.
Sin embargo, hay cierto consenso en que va más allá de los indicadores de eficiencia
o cobertura, entendiéndose como un proceso integral orientado al desarrollo pleno
de las capacidades humanas (García Hoz, 1981; Escudero, 2003). Esta visión incluye dimensiones éticas, culturales, sociales, afectivas y cognitivas.
Para alcanzarla, se necesita un entorno favorable: un currículo pertinente, un ambiente
educativo estimulante, estudiantes activos y comprometidos y, sobre todo, docentes
bien formados, motivados y reconocidos socialmente.
El modelo neoliberal, al centrarse en maximizar ganancias, subvierte esta lógica.
Las IES, en su afán por ser eficientes, adoptan estrategias que comprometen la calidad
educativa. Entre ellas destacan la reducción de horas de clase por curso, la implementación
masiva de modalidades virtuales sin las condiciones pedagógicas adecuadas, la imposición
de indicadores que incentivan la aprobación generalizada sin evidencias de aprendizaje
real, y la contratación por hora de docentes sin estabilidad ni derechos (Apple, 2001).
Estas prácticas, aunque funcionales desde una perspectiva contable, terminan dañando
el proceso formativo. Menos horas de clase limita el tiempo para desarrollar contenidos
con profundidad, discutir ideas o hacer actividades significativas. Las clases virtuales
mal implementadas reducen la interacción entre docentes y estudiantes, debilitando
el vínculo pedagógico. La presión por aprobar a todos deslegitima el valor del conocimiento
y convierte la educación en un simple trámite. Y la contratación precaria afecta la
dedicación, preparación y motivación del profesorado, con impactos directos en la
calidad de la enseñanza (Giroux, 2014).
Este panorama exige repensar el sentido de la educación y el papel del docente en
la sociedad. Urge recuperar la idea de que la educación es una tarea social estratégica,
que trasciende la formación de mano de obra y se orienta a construir ciudadanía, pensamiento
crítico y justicia social. Para lograrlo, se debe dignificar el trabajo docente, asegurar
condiciones laborales estables y justas, fomentar la participación democrática y devolver
a la educación su carácter de derecho público y bien común (Poggi, 2006: pp. 10-11; Esteve, 2006: p. 35).
4.3 Formación profesional y mercado laboral saturado: la expansión educativa y el desplazamiento hacia la docencia en el modelo neoliberal
En México, el número de egresados de educación superior ha aumentado en la última
década. Según el Sistema Integrado de Información de la Educación Superior (SIIES),
entre 2014 y 2022 la cantidad de egresados creció un 37.3%, pasando de 715,401 a 982,141
personas. Este incremento ha saturado el mercado laboral, lo que ha provocado una
caída sostenida de los salarios y ha puesto en duda que el título universitario siga
siendo una garantía de inserción laboral y movilidad social.
Uno de los principales obstáculos que enfrentan los recién egresados es que les piden
experiencia previa, pero no hay oportunidades para adquirirla. Esta paradoja profundiza
su vulnerabilidad. Como señala la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2020),
ellos concentran las tasas más altas de desempleo y subempleo, terminan en empleos
mal pagados y, con frecuencia, en condiciones sin prestaciones ni estabilidad. Ante
la falta de opciones, muchos jóvenes profesionistas aceptan empleos ajenos a su campo
de formación bajo esquemas laborales precarios, lo que representa una pérdida de capital
humano especializado y contribuye a la desvalorización del trabajo profesional. Marginson (2016) advierte que la masificación de la educación superior, sin una transformación estructural
del mercado, ha generado una “inflación de credenciales” que socava las expectativas
de los egresados.
El acelerado avance tecnológico también ha modificado las dinámicas laborales, generando
nuevas demandas de habilidades. Sin embargo, muchas IES no han logrado adaptar sus
programas académicos con la celeridad necesaria, lo que deja a sus egresados en desventaja.
Como advierte Pérez Ruíz (2012), cuando las instituciones no actualizan sus planes
de estudio, “condenan prácticamente a sus egresados al desempleo”. En este entorno
de incertidumbre, una fracción significativa de jóvenes opta por continuar estudios
de posgrado como estrategia para mejorar sus perspectivas laborales o postergar el
ingreso a un mercado poco prometedor. Entre 2019 y 2023, la matrícula en programas
de maestría aumentó 17.5% y en doctorado un 30%, según el SIIES.
Durante sus estudios de posgrado -y también fuera de ellos- muchos egresados encuentran
en la docencia una vía para obtener ingresos. A pesar de que las condiciones laborales
en este sector son igualmente precarias, lo simbólico lo compensa parcialmente. El
reconocimiento estudiantil, el sentido social de la tarea educativa y la posibilidad
de incidir en la formación de nuevas generaciones otorgan un valor intangible que
muchos consideran más significativo que una ocupación desvinculada de sus intereses,
en su caso. Dubet (2013) señala que, en contextos de degradación estructural del trabajo, la realización
simbólica puede convertirse en un factor decisivo para sostener la identidad profesional.
Esta inclinación hacia la docencia ha generado una sobreoferta de profesionales interesados
en ingresar al sistema educativo. Este fenómeno permite a las IES mantener modelos
de contratación precarizantes, al saber que siempre habrá profesionistas dispuestos
a aceptar esas condiciones ante la falta de alternativas viables.
Una de las manifestaciones es la producción masiva de egresados, muchos de los cuales
no cuentan con las competencias, conocimientos ni habilidades que demanda un mercado
laboral competitivo y en constante transformación. La inserción laboral se vuelve
entonces cada vez más compleja: los egresados enfrentan largos periodos de desempleo
o se ven forzados a aceptar empleos de baja calidad (OIT, 2020).
En este escenario, el discurso neoliberal responsabiliza a los sujetos por su “fracaso”
laboral, atribuyéndolo a su supuesta falta de preparación, sin considerar factores
como la sobreoferta de profesionistas, la precarización del empleo o la desconexión
entre los planes de estudio y el entorno productivo. Tal como afirma Foucault (2007), el neoliberalismo actúa como una forma de gubernamentalidad que transforma a los
sujetos en empresarios de sí mismos, desplazando las causas estructurales hacia el
plano individual.
Frente a este discurso, muchos optan por hacer un posgrado con la esperanza de mejorar
su perfil profesional. Sin embargo, esta estrategia, lejos de romper el círculo vicioso,
lo refuerza. Las IESP amplían su oferta de posgrados para aprovechar esa demanda,
convirtiendo a los estudiantes en una nueva fuente de ingresos (Esteve, 2006: pp. 35-36, 52; Ávalos, 2006, p. 229).
Se consolida así un modelo educativo funcional al neoliberalismo. Las IESP emergen
como las beneficiarias: aumentan su matrícula, diversifican su oferta académica, reducen
costos mediante la precarización laboral y, en consecuencia, amplían sus márgenes
de ganancia. En contraste, los estudiantes -especialmente aquellos provenientes de
sectores populares- resultan ser los principales afectados. Pagan por una educación
que no siempre garantiza calidad ni empleabilidad, y luego enfrentan un mercado laboral
saturado que los obliga a seguir invirtiendo en formación sin seguridad de retorno
(Torres, 2010).
Este ciclo configura una lógica perversa: un sistema que aparenta ofrecer oportunidades
pero que, en realidad, reproduce desigualdades y convierte la educación en una mercancía
sujeta a las reglas del mercado. Como señala Bourdieu (2000), el capital cultural deja de operar como vehículo de movilidad ascendente cuando
el sistema educativo se somete a las dinámicas de acumulación y exclusión del capital
económico. Romper este círculo implica recuperar el sentido público de la educación
como derecho social, promover modelos alternativos centrados en la equidad y el bien
común, y dignificar el trabajo docente.
4.4 Precariedad docente en Puebla: lectura regional desde la ENOE
En México, la precarización laboral del profesorado en instituciones privadas ha sido
ampliamente documentada; sin embargo, el análisis regional permite visibilizar matices
particulares. En el estado de Puebla, como señala Olivier Téllez (2007), el crecimiento del subsistema privado responde no sólo a la ampliación de la demanda
educativa, sino a una lógica de flexibilización organizacional que facilita estructuras
docentes reducidas y vínculos contractuales frágiles. Estas dinámicas forman parte
de una tendencia nacional funcional al modelo neoliberal, que privilegia la eficiencia
y la rentabilidad por encima del derecho social a la educación (Aboites, 2012). De acuerdo con lo anterior, se elige el Estado de Puebla por ser el tercero con
mayor cantidad de IESP, sólo después de la Ciudad de México y del Estado de México.
En promedio, durante el periodo 2005 a 2024, en Puebla hubo 8,496 docentes y 151,673
alumnos, de acuerdo con el SIIES (Secretaría de Educación Pública [SEP], 2024).
Para profundizar en esta problemática, se llevó a cabo un análisis cuantitativo mediante
los microdatos de la ENOE, focalizado en el estado de Puebla. Para los años 2006 y
2008 se utilizaron los datos del segundo trimestre, considerando que, generalmente,
es el más estable del año; sin embargo, de 2010 a 2024 se utilizaron los datos del
primer trimestre, debido a que, a partir de 2010, el cuestionario ampliado sólo fue
aplicado en ese trimestre por la ENOE (en los demás trimestres sólo aplicó el cuestionario
básico). Se emplearon los registros del Cuestionario Ampliado 1 (COE1) y del módulo
Sociodemográfico (SDEM), que incluyen información clave sobre prestaciones laborales,
contratación, seguridad social, ingreso, jornada laboral y afiliación sindical. La
selección de trimestres específicos entre 2006 y 2024 respondió a criterios de comparabilidad
y consistencia metodológica. Para evitar traslape de las muestras (y garantizar la
independencia entre ellas), la estimación se realizó bianual; mientras que la identificación
ocupacional se realizó mediante los códigos 1300 (hasta 2012) y 2321 del SINCO (INEGI, 2011) (a partir de 2013), ambos referidos al profesorado de educación superior. Dado que
la muestra de la ENOE para docentes universitarios en Puebla es relativamente pequeña,
algunas de las estimaciones no resultan significativas (y representativas de la situación
del estado), por lo que los datos no se utilizan para establecer conclusiones determinantes,
sino para aportar un marco descriptivo que dialogue y apoye la revisión teórica del
fenómeno.
Desde el marco propuesto por Cano (1998), la precariedad laboral se puede caracterizar mediante cuatro dimensiones objetivas:
la temporalidad, que señala la inestabilidad y brevedad de los contratos, así como
jornadas de trabajo incompletas; la vulnerabilidad, que evidencia la indefensión del
docente ante la ausencia de respaldo institucional; la insuficiencia salarial, y la
desprotección laboral, que contempla la carencia de prestaciones sociales básicas.
Estas dimensiones fueron operativizadas mediante variables específicas de la ENOE
y se presentan en el anexo, como expresión empírica de la precarización docente en el contexto neoliberal poblano.
Para cada tipo de IES, se calcularon: porcentajes anuales promedio de docentes sin
acceso a diversas prestaciones laborales, promedios de salarios reales ajustados a
precios de 2018 para asegurar su comparabilidad interanual, promedios de horas laboradas
por semana, comparaciones entre niveles de precariedad por tipo de institución.1
Aunque se contempló la variable de género, no se identificaron diferencias estadísticamente
significativas en las condiciones laborales, por lo que no se presentó un desglose
por género. En cambio, la edad se consideró como un elemento contextual, ya que se
observaron diferencias entre docentes de IES públicas y privadas. El análisis pone
de relieve la vulnerabilidad estructural que enfrentan los profesores en la educación
superior, especialmente en el ámbito privado.
5. Resultados
En las gráficas siguientes, se utiliza la nomenclatura “P” para referir a IES privadas,
y con “E” se distingue a las IES públicas o estatales. Los resultados del análisis
se detallan a continuación:
La edad promedio de los docentes en IES privadas fue de 40 años, y para las públicas,
fue de 45 años, con tendencia creciente (Gráfica 1). El hecho de que el profesorado de IES privadas sea más joven coincide con lo descrito
por Gil Antón (2008), quien señala que estas instituciones recurren a docentes con trayectorias más cortas
y contratos flexibles como parte de su modelo de reducción de costos.
El 48% de docentes de IES privadas no recibe aguinaldo, y el 56% no goza de vacaciones
pagadas. En IES públicas, sólo el 8% y el 9%, respectivamente, no recibe estas prestaciones
(Gráfica 2). La alta proporción de docentes en privadas sin prestaciones confirma la tendencia
de desprotección laboral descrita por Anaya Torres (2025) y De la Garza (2000), para quienes la flexibilidad neoliberal implica la eliminación sistemática de derechos
básicos. Los mayores niveles de carencias se observan en 2008 y en 2018. En 2008,
la crisis financiera internacional repercutió en México con restricciones presupuestales
y ajustes en las instituciones de educación superior, lo que se tradujo en un aumento
de la contratación flexible y la reducción de prestaciones laborales para los docentes
(Banco de México, 2009). Por su parte, en 2018, la persistencia de la Reforma Educativa de 2013 y la incertidumbre
generada por el cambio de gobierno mantuvieron un escenario de precariedad, ya que
las reglas del Servicio Profesional Docente seguían vigentes hasta ese año, limitando
la estabilidad y el acceso a prestaciones sociales (Gobierno de México, 2013; Secretaría de Gobernación, 2018).
Gráfica 1
Edad promedio de los docentes

Fuente: Elaboración propia con datos de la ENOE. de la ENOE 2006 y 2008 (T2) para
el resto (T1).
Gráfica 2
Aguinaldo y vacaciones

Fuente: Elaboración propia con datos 2006 y 2008 (T2) para el resto (T1)
En IES privadas el 68% no tiene acceso a vivienda, y el 64% no tiene SAR o AFORE.
En públicas, los porcentajes son 33% y 22% respectivamente (Gráfica 3). Los niveles de desprotección en vivienda y retiro reflejan la vulnerabilidad estructural
mencionada por Standing (2014) y Lorey (2016), quienes describen la inseguridad permanente como un rasgo constitutivo del “precariado”.
Gráfica 3:
Vivienda y fondos para el retiro

Fuente: Elaboración propia con datos de la ENOE. de la ENOE 2006 y 2008 (T2) para
el resto (T1).
La ausencia de seguridad social en más de la mitad del profesorado privado coincide
con la lógica empresarial documentada por Harvey (2007) y Ball (2012), donde las instituciones asumen criterios de mercado y externalizan riesgos laborales.
En la Gráfica 4, se observa también que existieron mayores carencias para los docentes de IES privadas
que en públicas. Sólo en 2012 hubo un mayor número de docentes de IES públicas sin
acceso a seguridad social. En ese año, diversos estudios evidenciaron que más del
70% del profesorado en universidades públicas se encontraba bajo esquemas temporales
o de asignatura, sin acceso pleno a seguridad social ni prestaciones, lo que reflejaba
la precariedad estructural del sistema y anticipaba el debate que desembocaría en
la Reforma Educativa de 2013 (Silva Montes y Gutiérrez Lozano, 2020).
Gráfica 4:
Seguridad social y prestaciones de salud

Fuente: Elaboración propia con datos 2006 y 2008 (T2) para el resto (T1)
En IES privadas, el 96% no está sindicalizado y el 14% no tiene contrato escrito.
En públicas sólo el 6% no tiene contrato escrito, y el 45% no está sindicalizado (Gráfica 5). Los bajos niveles de sindicalización y la precariedad contractual confirman lo planteado
por Robertson y Dale (2002) y Slaughter y Rhoades (2004): el neoliberalismo desarticula mecanismos colectivos de protección y favorece relaciones
laborales atomizadas.
Gráfica 5:
Sindicalización y contrato por escrito

Fuente: Elaboración propia con datos de la ENOE. datos de la ENOE 2006 y 2008 (T2)
para el resto (T1)
Las jornadas laborales promedian 3.9 horas diarias en las instituciones privadas,
donde se observa una tendencia creciente de 2012 a 2020. Sin embargo, entre 2020 y
2022 se registra una disminución, probablemente asociada a la pandemia de COVID-19,
que repercutió de manera significativa en la economía mundial y afectó con mayor fuerza
a los docentes de IES privadas. En contraste, en las instituciones públicas el promedio
es de 4.5 horas diarias (Gráfica 6). Las jornadas reducidas y fragmentadas en el sector privado coinciden con los hallazgos
de Gil Antón (2008), quien señala que el trabajo por hora-clase obliga a los docentes a dispersar su
empleo en varias instituciones sin estabilidad real.
Gráfica 6:
Horas de trabajo por día

Fuente: Elaboración propia con 2006 y 2008 (T2) para el resto (T1)
El salario real promedio (a precios de 2018) fue de $345 en privadas y $395 en públicas.
A partir de 2018 se observa un aumento, atribuible al incremento del salario mínimo,
aunque siguen siendo menores a dos salarios mínimos actuales (Gráfica 7). Los salarios por debajo de dos mínimos corroboran el diagnóstico de Cano (1998) y el de De Ibarrola (2005): la insuficiencia salarial es parte estructural de la flexibilización laboral neoliberal
y limita el desarrollo profesional docente.
En la Tabla 1 se presentan los promedios de carencias de prestaciones laborales, junto con sus
coeficientes de variación (CV), calculados considerando el diseño de muestreo complejo
de la ENOE para el año y trimestre correspondientes. El CV se utiliza como medida
de precisión estadística: valores menores a 15% se consideran confiables, mientras
que valores superiores deben interpretarse con cautela, ya que reflejan una menor
estabilidad en la estimación.
Gráfica 7:
Salario real promedio por hora-clase

Fuente: Elaboración propia con datos de la ENOE 2006 y 2008 (T2) para el resto (T1)
Tabla 1
Comparativo de carencia de prestaciones. Promedios del periodo de 2006 a 2024
|
Sin acceso a:
|
Docentes de IES Privadas
|
Docentes de IES Públicas
|
|
% promedio
|
CV
|
% promedio
|
CV
|
|
Sindicato
|
96%
|
2%
|
45%
|
10%
|
|
Contrato
|
14%
|
20%
|
6%
|
42%
|
|
Aguinaldo
|
48%
|
9%
|
8%
|
35%
|
|
Vacaciones
|
56%
|
8%
|
9%
|
31%
|
|
Vivienda
|
68%
|
6%
|
33%
|
12%
|
|
SAR o AFORE
|
64%
|
6%
|
22%
|
12%
|
|
Seguro Social
|
55%
|
9%
|
7%
|
30%
|
|
Pres. de salud
|
40%
|
12%
|
4%
|
44%
|
|
Promedio del periodo
|
|
Edad
|
40 años
|
2%
|
45 años
|
2%
|
|
Jornada laboral
|
3.9 horas
|
4%
|
4.5 horas
|
3%
|
|
Salario real (por hora-clase)
|
$345
|
6%
|
$395
|
3%
|
El análisis de las condiciones laborales de los docentes en las Instituciones de Educación
Superior en el estado de Puebla evidencia un panorama generalizado de precariedad,
particularmente en las instituciones privadas. A pesar de los altos requerimientos
académicos, tecnológicos y pedagógicos que se exigen a los docentes -como posgrados,
bilingüismo, dominio de plataformas digitales, experiencia docente-, las remuneraciones
no se han incrementado proporcionalmente, ni se otorgan prestaciones básicas.
Los datos muestran que, en promedio, más del 50% de los docentes en IES privadas carecen
de acceso a prestaciones fundamentales como seguridad social, aguinaldo, vacaciones
pagadas o fondos de retiro. Además, deben asumir los costos de los materiales y equipos
que utilizan para impartir clases en línea o híbridas, sin compensación por la propiedad
intelectual de los contenidos que producen.
En las IES públicas, si bien las condiciones son mejores, el modelo basado en estímulos
ha generado una distorsión que prioriza la productividad cuantitativa sobre la calidad
docente. Esto también impacta la vida académica y la formación de los estudiantes.