1. Introducción
El mundo contemporáneo está pasando por un proceso de reconfiguración radical, caracterizada
por la emergencia de nuevos polos de poder y potencias emergentes, la pérdida relativa
de hegemonía de Occidente (Todd, 2024), la crisis de las instituciones multilaterales y el retorno de lógicas de competencia
entre grandes potencias (Sciutto, 2024), en tensión con el intento de reposicionamiento geopolítico y hegemónico de los Estados
Unidos. En este contexto, México y la Unión Europea enfrentan distintas tensiones
en la disputa geopolítica global, marcada por la fragmentación política (Foro Económico Mundial, 2023) o de la desglobalización (Lo Brutto y Domínguez, 2020), que afecta los procesos multilaterales, pone en entredicho el orden internacional
basado en reglas y deteriora la democracia y el desarrollo sostenible. El Acuerdo
Global modernizado entre México y la Unión Europea, concluido en enero de 2025 y pendiente
de ratificación en 2026, podría constituir un mecanismo estratégico para afrontar
las tensiones fragmentarias del sistema internacional contemporáneo, que parece encaminarse
hacia un orden cada vez más multipolar o policéntrico (Amin, 1985).
Desde una perspectiva teórica basada en el análisis del sistema-mundo y los estudios
críticos de las relaciones internacionales, este trabajo parte de la hipótesis de
que, al profundizar la interdependencia económica, el diálogo político y la cooperación
multilateral, el Acuerdo Global modernizado de 2025 entre México y la Unión Europea
podría mitigar los riesgos de fragmentación geopolítica entre ambas partes y contribuir
a la transición hacia un orden multipolar más equilibrado y cooperativo. Metodológicamente,
se aborda el acuerdo como un fenómeno inserto en las dinámicas estructurales del sistema-mundo
contemporáneo, más allá de los intereses nacionales inmediatos, permitiendo observar
cómo actores de rango medio pueden modelar entornos normativos y estratégicos. El
objetivo de este texto es analizar el papel que juega la modernización del acuerdo
en el marco de la transformación del sistema-mundo contemporáneo, identificando sus
alcances y límites como herramienta geopolítica. Así, el aporte principal de este
trabajo radica en ofrecer una lectura crítica y estructural de las relaciones México-Unión
Europea, entendidas no sólo como vínculo bilateral, sino como expresión de alianzas
interregionales estratégicas ante la crisis y fragmentación del orden mundial liberal.
Ante ello, el texto se divide en seis apartados que permiten comprender, desde una
perspectiva crítica, los desafíos contemporáneos del vínculo birregional. En primer
lugar, se examina la creciente fragmentación del orden global, evidenciada por el
declive del multilateralismo liberal, el retorno de la geopolítica y la emergencia
de nuevos polos de poder, lo que ha llevado a una redefinición de las jerarquías y
dinámicas del sistema internacional. El segundo apartado da cuenta de la evolución
de la relación México-Unión Europea en el siglo XXI, enfocándose en sus dimensiones
política, económica y de cooperación, así como en las oportunidades y tensiones que
han marcado su devenir. La tercera parte da cuenta de la política de la Unión Europea
hacia México. En la cuarta sección se hace una reflexión sobre el cambiante contexto
geopolítico actual en el que se desarrollan México y la Unión Europea. En el quinto
apartado se aborda el Acuerdo Global México-Unión Europea como instrumento clave de
acercamiento estratégico, evaluando su adaptación frente a un mundo cada vez más fragmentado,
competitivo y condicionado por las rivalidades geoeconómicas contemporáneas. Finalmente,
en la sexta parte, se concluye reflexionando sobre los retos y perspectivas futuras
de esta relación en el actual momento de crisis.
2. Fragmentación del orden global y redefinición de las relaciones de poder
La literatura académica suele situar la fase de mayor expansión y politización de
la globalización en las décadas de 1980-1990, cuando las reformas neoliberales, junto
con la revolución en las tecnologías de la información, la comunicación y el transporte,
impulsaron una profunda reestructuración de las cadenas productivas y ampliaron de
manera exponencial los flujos comerciales, financieros y comunicacionales a escala
mundial (Ianni, 1996; Martín-Cabello, 2013). Todo ello fue cristalizando una “globalización autoasumida” (Therborn, 2012), que se desplegaba y justificaba bajo la promesa de la integración de los mercados
y constitución de una “aldea global” en convergencia y prosperidad. Sin embargo, en
realidad, el proceso de globalización neoliberal terminó por consolidar dependencias
estructurales y asimetrías distributivas, así como tecnológicas, provocando vulnerabilidades
fiscales y productivas en los eslabones periféricos de las cadenas globales (Stiglitz, 2002; Piketty, 2013). Esto alimentó nuevos nacionalismos y procesos de resistencia, que se radicalizaron
luego de la crisis de 2008 y la pandemia de 2020, las cuales pusieron en evidencia
las fallas de la autorregulación de mercados y la insuficiencia de la gobernanza transnacional,
dando pie a un proceso de fragmentación o desglobalización.
El estado actual del debate sobre fragmentación y desglobalización sostiene que lo
que observamos no es un retroceso lineal de la integración, sino una recomposición
geoeconómica y normativa caracterizada por políticas selectivas de re-localización
(reshoring/nearshoring), controles sobre capital y tecnología, y el retorno condicionado
del activismo estatal en sectores estratégicos (Pietrobelli y Seri, 2023). Esta reconfiguración obedece a factores combinados, como la redistribución relativa
del poder productivo con el ascenso de China y otras potencias emergentes, el aprendizaje
general de las vulnerabilidades sistémicas tras las crisis que han llevado a la revalorización
de la seguridad económica de los Estados Unidos o el intento de “autonomía estratégica”
de la Unión Europea (Bouin, 2018). En estas condiciones la fragmentación se traduce en la pluralización de centros
de acumulación de capital y como la tensión entre la cooperación funcional necesaria
para sostener cadenas de valor complejas, con procesos de desconexión selectiva, con
políticas de cierre intermitentes que buscan evitar los riesgos sistémicos. Dichas
dinámicas reabren el debate teórico sobre la resiliencia del multilateralismo frente
a conflictos intercentros y presiones domésticas (Ikenberry, 2011) que apuntan a una transición hacia un mundo cada vez más policéntrico (Amin, 1985).
Este escenario dificulta a los gobiernos conciliar las presiones internas con los
compromisos externos, como bien observaba Robert Putnam en la configuración de la
política exterior de los Estados como un proceso de negociación simultánea entre el
ámbito doméstico y el internacional (Putnam,1988). Desde esta perspectiva, el sistema político global se comprende como una estructura
en transformación permanente, caracterizada por la pluralidad de actores, la diferenciación
funcional y la reconfiguración de jerarquías de poder (Attinà, 1999). En ese panorama, la coexistencia de múltiples polos de poder puede llevar a una
disputa estructural contra la centralidad hegemónica del capitalismo global liderado
por los países más industrializados del Norte, particularmente por los Estados Unidos,
y por eso según Amin se puede pensar en las posibilidad de trayectorias autónomas
de desarrollo, con la articulación de bloques regionales alternativos y la erosión
del monopolio decisorio de las potencias centrales en un mundo policéntrico, es decir
con múltiples centros de acumulación y toma de decisiones a escala mundial (Amin, 1985). De este modo, se tensionan las asimetrías estructurales que condicionan tanto los
márgenes de maniobra domésticos como la capacidad real de los Estados periféricos
en un orden internacional en transición.
Por eso, la redefinición de las relaciones de poder es ambivalente; nuevos acuerdos
comerciales, políticas industriales y redes de cooperación Sur-Norte pueden crear
márgenes de autonomía relativa y oportunidades redistributivas si se articulan con
políticas fiscales e industriales activas, pero sin transformaciones estructurales
en las relaciones de producción y propiedad, esos mismos instrumentos tenderán a reproducir
jerarquías centro-periferia bajo nuevos formatos contractuales (Harvey, 2005;
Wallerstein, 2015). Por tanto, la fragmentación actual no equivale automáticamente a una democratización
del sistema-mundo, porque para devenir en reequilibrios reales exige estrategias concertadas
que conecten la renegociación de reglas comerciales, fiscales y tecnológicas con capacidad
estatal redistributiva. Esto depende decisivamente de la existencia de alianzas internacionales
que prioricen la transferencia tecnológica, el financiamiento climático y la incorporación
de cláusulas de desarrollo inclusivo, como busca hacerlo la relación entre México
y la Unión Europea.
3. La relación méxico-unión europea en el siglo XXI
Hasta la primera mitad del siglo XX, México trató de equilibrar sus relaciones internacionales,
buscando vínculos diplomáticos y comerciales, con algunas potencias europeas.1 Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, la política exterior de México
quedó orientada principalmente hacia Estados Unidos y América Latina, aunque nunca
perdió las relaciones diplomáticas activas que había establecido con buena parte de
los países de Europa Occidental (Seara, 1985). En este periodo, Europa experimentaba su proceso de reconstrucción y unidad, que
desembocó en la creación de las Comunidades Europeas, precursoras de la Unión Europea.
Durante este periodo, el interés de México parece haberse centrado en estrechar lazos
sobre todo con Alemania, Francia, Italia y España. A través de acuerdos bilaterales
y visitas de alto nivel, México promovió la cooperación científica, técnica y cultural
con estos países europeos.
La relación formal entre México y la Unión Europea se consolidó a partir de la creación
de esta última en 1992 con el Tratado de Maastricht, ratificado en 1993. En un contexto
global marcado por la globalización y la apertura comercial, ambas partes encontraron
intereses convergentes; México buscaba diversificar sus relaciones exteriores más
allá del eje Estados Unidos-TLCAN, mientras que la Unión Europea impulsaba alianzas
estratégicas con América Latina. En 1997 se firmó el Acuerdo de Asociación Económica,
Concertación Política y Cooperación (Acuerdo Global), que entró en vigor en 2000,
convirtiendo a México en el primer país latinoamericano en firmar un tratado de esa
naturaleza con el bloque europeo (Secretaría de Relaciones Exteriores, 2016). Desde entonces, la relación ha evolucionado hacia una asociación estratégica integral,
con diálogos políticos de alto nivel, cooperación técnica y cultural, y un intercambio
económico significativo, actualmente en proceso de renovación mediante un acuerdo
modernizado aún pendiente de ratificación. En la siguiente Tabla se pueden ver los principales acuerdos entre México y la Unión Europea desde la década
de 1990.
Tabla 1
Principales Acuerdos México Unión Europea
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Sexenio
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Presidente
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Acuerdos
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1994-2000
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Ernesto Zedillo (PRI)
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- 1997: Firma del Acuerdo de Asociación Económica, Concertación Política y Cooperación
(Acuerdo Global). - 1999: Firma del Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea
(TLCUEM), parte del Acuerdo Global. - Reconfiguración de la política exterior mexicana
post-Tratado de Libre Comercio de América del Norte con visión multilateral y euroatlántica.
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2000-2006
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Vicente Fox (PAN)
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- 2000: Entrada en vigor del Acuerdo Global México-Unión Europea (TLCUEM). - Creación
del Consejo Conjunto y el Diálogo Político de Alto Nivel. - Impulso a la cooperación
en temas de gobernanza, derechos humanos y comercio.
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2006-2012
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Felipe Calderón (PAN)
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- Fortalecimiento de la cooperación en seguridad, medio ambiente y cambio climático.
- Participación activa de México en cumbres Unión Europea-América Latina y el Caribe.
- 2008: Se establece el Mecanismo de Diálogo Estructurado. - 2010: Cumbre México-Unión
Europea (Bruselas), reafirmando la asociación estratégica.
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2012-2018
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Enrique Peña Nieto (PRI)
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- 2015: Inicio de las negociaciones para la modernización del Acuerdo Global. - Fortalecimiento
del comercio bilateral, inversión e intercambios académicos (Erasmus +). - Impulso
a temas de energía, desarrollo sustentable y cambio climático. - 2018: Anuncio de
principio de acuerdo para modernizar el TLCUEM.
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2018-2024
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Andrés Manuel López Obrador (MORENA)
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- 2020: Se concluyen técnicamente las negociaciones para el nuevo Acuerdo Global Modernizado.
- Enfoque en soberanía energética limita algunas expectativas europeas. - 2021-2024:
Estancamiento en la firma y ratificación del nuevo acuerdo. - Continuidad en cooperación
educativa, científica y en derechos humanos.
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2024- en curso
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Claudia Sheinbaum (MORENA)
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- Declaraciones de intención para retomar la ratificación del Acuerdo Modernizado.
- Se espera reforzar la cooperación en transición energética, justicia climática y
derechos humanos. - Apertura al diálogo multilateral en temas de gobernanza democrática
y medio ambiente.
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Como se puede ver en la tabla anterior, la relación México-Unión Europea ha estado
marcada por el desarrollo progresivo de una asociación estratégica que combina comercio,
diálogo político y cooperación internacional, lo cual fue institucionalizado con el
Acuerdo Global México-Unión Europea a finales de la década de 1990. Desde entonces,
los gobiernos mexicanos han buscado consolidar su papel como socios confiables para
los europeos, mediando con el resto de América Latina, promoviendo intereses comunes
en foros multilaterales y fortaleciendo vínculos en temas como cambio climático, democracia
y desarrollo sostenible. Por eso, la modernización del Acuerdo Global reflejó una
necesidad de actualización frente a los cambios en el contexto económico global y
la evolución de las prioridades políticas y normativas en el primer cuarto del siglo
XXI.
En los dos últimos sexenios, el vínculo entre México y la Unión Europea ha mostrado
tanto avances como tensiones. Con López Obrador, aunque se concluyeron las negociaciones
técnicas del Acuerdo Modernizado, la firma y ratificación quedaron estancadas por
razones tanto técnicas como políticas. Las prioridades nacionalistas del gobierno,
especialmente en temas energéticos, generaron cierta cautela en Bruselas, aunque se
mantuvieron activos los canales de cooperación en educación, ciencia y derechos humanos.
Con la llegada de Claudia Sheinbaum a la Presidencia, México ha reforzado la relación
con Europa, particularmente por su énfasis en la transición energética, la justicia
climática y el multilateralismo progresista, que son áreas clave para la agenda europea.
Por tanto, estos dos últimos sexenios representan un punto de inflexión, en el sentido
que el primero marcó una pausa y redefinición estratégica, y el segundo abre una nueva
etapa de colaboración.
La modernización del Acuerdo Global entre México y la Unión Europea, ha sido un eje
central de la nueva etapa de cooperación entre las partes, ya que abarca un conjunto
amplio y multidimensional de compromisos que trascienden la liberalización arancelaria
tradicional. En su dimensión comercial, el acuerdo contempla la eliminación progresiva
de aranceles para la gran mayoría de los bienes industriales y agrícolas, el acceso
preferencial a mercados para productos clave y la actualización de las reglas de origen,
con el objetivo de facilitar la integración en cadenas de valor transatlánticas. Asimismo,
dicho acuerdo incorpora disposiciones sobre facilitación del comercio, medidas sanitarias
y fitosanitarias, y obstáculos técnicos al comercio, buscando reducir costos regulatorios
y armonizar estándares (Comisión Europea, 2025).
Un elemento central del Acuerdo Modernizado de 2025 es la ampliación de disciplinas
más allá del comercio de bienes, incluyendo capítulos sobre comercio de servicios,
inversiones, compras públicas y propiedad intelectual. En particular, la modernización
de este acuerdo establece un marco más claro para la participación de empresas mexicanas
y europeas en licitaciones públicas, así como mayores garantías para los inversionistas,
combinadas con mecanismos de solución de controversias reformados que pretenden responder
a las críticas al arbitraje tradicional (Serrano, 2022). Al mismo tiempo, el acuerdo incorpora disposiciones sobre competencia, empresas
estatales y comercio digital, reflejando la creciente centralidad de la economía del
conocimiento y de los flujos de datos en la gobernanza económica global, aunque estos
compromisos plantean debates relevantes sobre soberanía regulatoria y capacidades
institucionales, especialmente para México.
La verdadera novedad del Acuerdo Modernizado de 2025 es su arquitectura jurídica,
que se distingue por cuatro particularidades institucionales novedosas: (i) la adopción
del Sistema de Tribunales de Inversiones de la Unión Europea, que sustituye los 12
acuerdos bilaterales previos mediante un mecanismo permanente de dos instancias con
jueces independientes, audiencias públicas y publicidad documental obligatoria; (ii)
la inclusión de obligaciones vinculantes de desarrollo sostenible exigibles mediante
el mecanismo de solución de controversias del propio tratado, que comprenden compromisos
explícitos sobre cambio climático alineados con el Acuerdo de París, ratificación
de convenios fundamentales de la Organización Internacional del Trabajo, gestión sostenible
de cadenas globales de suministro, y un protocolo específico que tipifica como delito
penal la corrupción de funcionarios públicos y empresas; (iii) la regulación del comercio
digital y el acceso no monopolizado a materias primas críticas esenciales para la
transición verde y digital; y (iv) la liberalización de la contratación pública subnacional,
extendiendo el acceso de empresas europeas a estados, municipios y asociaciones público-privadas,
junto con la eliminación de aranceles sobre el 99 % del intercambio comercial y la
actualización de reglas de origen que permiten acumulación con terceros países como
Japón, Reino Unido, Vietnam y Singapur.
Ese componente normativo y político que incluye este acuerdo lo distingue de tratados
comerciales de generaciones anteriores, sobre todo al integrar capítulos sobre desarrollo
sostenible, derechos laborales, protección ambiental y cooperación. Estos apartados
establecen compromisos en materia de cumplimiento de estándares internacionales del
trabajo, lucha contra el cambio climático y promoción del desarrollo sostenible, así
como mecanismos de diálogo político y cooperación técnica. Así que el acuerdo no sólo
regula intercambios económicos, sino que configura un marco más amplio de relación
estratégica entre las partes, cuyo impacto estará condicionado por la implementación
concreta y por la capacidad de ambos actores para equilibrar su apertura económica,
regulación y objetivos de desarrollo, intentando sortear las tensiones geopolíticas
que actualmente tensionan la relación entre México y la Unión Europea.
4. La política de la unión europea hacia México
La relación entre la Unión Europea y México es resultado de la convergencia de intereses
estratégicos de ambas partes, mediados por las dinámicas sistémicas del orden internacional.
La tradición diplomática autonomista de México, caracterizada por la defensa de la
soberanía, la no intervención y el multilateralismo, así como su participación activa
en foros internacionales, lo convirtieron en un interlocutor confiable en un contexto
global marcado por la Guerra Fría (Velázquez, 2016). En ese escenario, los países
europeos buscaban diversificar sus vínculos externos y reducir su dependencia estratégica
de Estados Unidos (Grabendorff, 1985), mientras que México también mostraba interés claro en atenuar su dependencia histórica
y estructural respecto a Washington, explorando nuevas asociaciones políticas y económicas
con actores extrahemisféricos que fortalecieran su margen de maniobra internacional.
Desde la década de 1970, México fue identificado por las entonces Comunidades Europeas
como un socio singular dentro de América Latina y el Caribe, no sólo por su peso económico
y demográfico, sino también por su estabilidad política relativa y su papel como economía
intermedia con proyección internacional (Smith, 1998). Esta convergencia de intereses llevó a México y a la Comunidad Económica Europea
a estrechar lazos diplomáticos en 1975 en un momento en el que la expansión de la
política exterior y los intereses comunitarios de los europeos comenzaban a mirar
hacia el Sur Global (Barbé, 2000). Los vínculos de los europeos con los países del Sur pronto se caracterizaron por
una combinación de cooperación económica, diálogo político limitado y la proyección
de valores occidentales. El bloque europeo se proyectó al exterior como un actor normativo,
que buscaba estrechar alianzas para ampliar su margen de autonomía internacional,
difundir principios asociados al multilateralismo, el Estado de derecho y la cooperación
institucional, y consolidar su presencia política más allá de su entorno regional
inmediato (Manners, 2002).
Para México, este acercamiento se articuló con una política exterior basada en el
principio de autonomía relativa, el no alineamiento activo y la defensa del multilateralismo,
lo que permitió construir una relación con Europa relativamente desideologizada y
pragmática (Velázquez, 2016). Los europeos parecen haber percibido a México como un
interlocutor estable y predecible, en contraste con la volatilidad política y económica
de otras economías latinoamericanas y caribeñas de ese momento. Por eso, la firma
del Acuerdo Marco de Cooperación de 1991 entre la entonces Comunidad Europea y México
terminó por ser un primer paso hacia la institucionalización más formal de esa relación,
que hasta entonces había sido fragmentaria. Este acuerdo respondió a las transformaciones
estructurales profundas del sistema internacional marcado por el fin de la Guerra
Fría y el avance del neoliberalismo que dio pie al regionalismo abierto favorable
al surgimiento de la Unión Europea a comienzos de la década de 1990. Para la Unión
Europea, México representaba una economía en proceso de liberalización compatible
con el paradigma neoliberal dominante, mientras que para México, Europa ofrecía una
vía de inserción internacional complementaria a su creciente integración con Estados
Unidos y Canadá a través del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN)
que entró en vigor en 1994 (Chacón, 1996).
Más tarde, el Acuerdo Global Unión Europea-México de 1997 convirtió a México en el
primer país latinoamericano en firmar un acuerdo de asociación integral con el bloque
de países europeos. Este acuerdo combinó la liberalización comercial con la cooperación
económica y el diálogo político institucionalizado, además de incorporar la cláusula
democrática como condición normativa central.2 Desde una perspectiva liberal-institucionalista, el Acuerdo Global podría ser interpretado
como un mecanismo para reducir incertidumbre, generar interdependencia y estabilizar
expectativas (Keohane, 1984). La entrada en vigor del tratado de libre comercio en 2000-2001 terminó de consolidar
la dimensión económica como eje material de la relación bilateral, convirtiendo a
la Unión Europea en uno de los principales inversionistas extranjeros en México, particularmente
en sectores estratégicos como energía, manufactura avanzada, banca y telecomunicaciones.
Sin embargo, más allá del comercio, la política de la Unión Europea hacia México se
caracterizó por una creciente densificación del diálogo político, especialmente a
partir de la década de 2000, cuando los temas de derechos humanos, el Estado de derecho,
la seguridad y la cooperación judicial adquirieron mayor centralidad (Buzan y Wæver, 2003), reflejando la autopercepción de la Unión Europea como un “poder normativo” que busca
difundir estándares internacionales a través de la cooperación y la condicionalidad
suave. Esto llevó a críticas en relación con la violencia, la militarización y las
violaciones de derechos humanos en México en el marco de la llamada guerra contra el narcotráfico, implementada desde 2006 por el gobierno mexicano y vigente con distintos matices
prácticamente hasta la actualidad. Cabe decir que dicha crítica de la Unión Europea
a México se articula principalmente a través de un enfoque de derechos humanos y Estado
de derecho, más que como una condena explícita a una estrategia militar específica.
El pronunciamiento más contundente en este sentido ha provenido del Parlamento Europeo,
cuya Resolución 2022/2580 (RSP) identificó un deterioro estructural de la seguridad
y la legalidad en México, estrechamente vinculado a la violencia del crimen organizado
y a la respuesta estatal frente a las bandas criminales. En este documento, el Parlamento
expresó “profunda preocupación” por los altos niveles de impunidad, el asesinato sistemático
de periodistas y defensores de derechos humanos, y la incapacidad de las autoridades
para garantizar investigaciones efectivas, señalando que este contexto erosiona gravemente
el Estado de derecho y los compromisos internacionales de México.3 La crítica de los europeos se inscribe en la normalización de la violencia, colusión
entre actores estatales y criminales, uso ineficaz de las fuerzas de seguridad y debilitamiento
institucional, cuestionando una lógica securitaria centrada en el uso de la fuerza
sin resultados sostenibles en términos de protección de derechos fundamentales, subrayando
que la violencia asociada al narcotráfico no puede abordarse al margen de reformas
judiciales, combate a la corrupción y garantías de independencia institucional4
(Parlamento Europeo, 2022).
A pesar de ello, cabe decir que en el marco de las relaciones birregionales, México
no ha dejado de ser concebido por la Unión Europea como un socio bisagra entre Europa,
América Latina y América del Norte. Esta percepción se reforzó durante las cumbres
Unión Europea-América Latina y posteriormente la Cumbre CELAC-Unión Europea de 2025
celebrada en Santa Marta, Colombia, donde se reafirmó el papel de México como “puente”
entre el bloque europeo y América Latina y el Caribe, poniendo de relieve el papel
de la diplomacia mexicana en la articulación de consensos multilaterales.5 Por eso, el proceso de modernización del Acuerdo Global de 2025, más que responder
a cambios estructurales del sistema internacional, debe leerse como expresión de la
continuidad de las relaciones históricas entre México y la Unión Europea.
5. Relación México-Unión Europea en el contexto de tensiones geopolíticas
Para comprender la importancia estratégica del acuerdo modernizado entre México y
la Unión Europea, se torna fundamental hacer un análisis del contexto de reajuste
geopolítico que atraviesa el sistema internacional, el cual está marcado por la disputa
ideológica y geoeconómica de la potencia hegemónica mundial, es decir, Estados Unidos,
ante China y otras potencias emergentes. En este contexto llaman la atención los dos
documentos publicados en 2025 por estas potencias, por un lado, la Estrategia de Seguridad
Nacional de Estados Unidos, el autonombrado “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe
(Casa Blanca, 2025) y, por otro, el nuevo documento de la Política de China hacia América Latina y el
Caribe (Observatorio Política China, 2025b). Ambos documentos dan una perspectiva clara sobre la posición de las potencias en
el escenario internacional, y permiten dimensionar el impacto que podría tener el
recién modernizado acuerdo entre México y la Unión Europea.
En este orden de ideas, es importante destacar que tanto México como la Unión Europea
se encuentran condicionados por el persistente injerencismo estadounidense, el cual,
si bien ha sido una constante histórica, se ha intensificado en el contexto del declive
de Estados Unidos como líder de un sistema unipolar cada vez más desgastado y del
ascenso de un orden claramente multipolar. En este marco, particularmente desde la
llegada de Donald Trump a la presidencia, Estados Unidos ha adoptado una postura de
control más rígido y una aprehensión más férrea sobre sus áreas de influencia. En
su Estrategia de Seguridad Nacional el gobierno de Trump deja en claro que es con
el fin de mantener su papel hegemónico, Estados Unidos no puede permitirse mantener
el mismo nivel de injerencia en todas las regiones del planeta y es por eso que está
llevando a cabo un repliegue de su política exterior para consolidar un control absoluto
sobre el hemisferio occidental (Casa Blanca, 2025).
Aunque en primer término esto podría examinarse como un punto a favor de México (como
su principal socio comercial en la región) por las políticas de relocalización geoeconómica
que dicho repliegue implicaría (reshoring/nearshoring), en realidad esta estrategia es bastante clara al señalar que “El Hemisferio Occidental
alberga una gran cantidad de recursos estratégicos que Estados Unidos debería desarrollar
en conjunto con sus aliados regionales, para hacer que tanto los países vecinos como
el nuestro sean más prósperos” (Casa Blanca, 2025). Esta aseveración, más que significar un apoyo al desarrollo regional y nacional,
se traduce como la intención de mantener un modelo extractivista dentro de la región,
lo cual tendría repercusiones inmediatas en México y afectaciones directas al Acuerdo
Modernizado con la Unión Europea, ya que intenta acaparar por completo aquellos sectores
en los cuales los países del viejo continente desean invertir.
Por eso, el Plan Nacional de Desarrollo 2025-2030 del gobierno mexicano, con la presidenta
Claudia Sheinbaum, hace una lectura estratégica de ese escenario internacional en
reconfiguración, a partir de un diagnóstico que sirve de base para proponer un nuevo
modelo de desarrollo industrial sustentado en una mayor intervención del Estado en
la economía, mediante incentivos fiscales, políticas de relocalización y acuerdos
con empresas nacionales orientados a fortalecer sectores estratégicos.6 Esta orientación se articula con una política social más incisiva, reconociendo la
posición estructural de México en el sistema internacional (Gobierno de México, 2025), y buscando al mismo tiempo implementar una política de diversificación de las relaciones
comerciales con estricto apego a los principios de soberanía y autodeterminación de
los pueblos (Presidencia de la República, 2025).
Esta tarea, que encuentra su materialización en mecanismos como el acuerdo con la
Unión Europea, se torna compleja y cada vez más complicada cuando la Estrategia de
Seguridad Nacional de los Estados Unidos establece: “Queremos que otras naciones nos
vean como sus socios predilectos, y desalentaremos (a través de diversos medios) su
colaboración con otros” (Casa Blanca, 2025) Bajo ese marco de acción y ante la reciente invasión al territorio venezolano por
parte de los Estados Unidos en enero de 2026, para detener al presidente Nicolás Maduro,
bajo supuestos cargos de narcotráfico, la inestable política de Donald Trump deja
margen a que cualquier eventualidad pueda suscitarse entre México y su principal socio
comercial. Así lo evidencian las reiteradas declaraciones en las que Donald Trump
califica de irrelevante al Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC),
mecanismo que él mismo negoció durante su primer mandato (2017-2021) como sustituto
del TLCAN, con el objetivo de profundizar la integración de las economías de América
del Norte. Este acuerdo resulta fundamental para sectores clave de la economía estadounidense,
como el automotriz, el agrícola y el textil (Swanson, 2025).
En ese sentido, las reiteradas alusiones a la supuesta alta presencia del narcotráfico
y a sus presuntos vínculos con gobiernos de países como Colombia, Cuba o México, tal
como se hizo para justificar el ataque contra Venezuela en abierta violación del derecho
internacional, ponen en entredicho la posición geopolítica de cualquier gobierno latinoamericano
que no desee alinearse con los planteamientos del mandatario estadounidense (Sanger, 2026). Por esto, al enfrentar este escenario, el gobierno de México, que ha buscado sostener
una postura soberanista y de rechazo a cualquier posible intervención en su territorio,
recurre al fortalecimiento de la relación birregional con la Unión Europea, como un
paliativo ante las eventuales afectaciones derivadas de una mayor fragmentación del
vínculo político y económico con los Estados Unidos, que son su principal socio comercial.7
Por otro lado, en el caso de Europa, la antes mencionada Estrategia de Seguridad Nacional
de los Estados Unidos de 2025, visualiza al viejo continente como un cúmulo de actores
desvalidos que han perdido cualquier clase de identidad y que necesitan del apoyo
estadounidense para lograr soslayar la crisis política derivada del conflicto ruso-ucraniano,
así como para recuperar los “valores europeos” supuestamente diluidos por el incremento
migratorio en la región. La solución estadounidense es hacer que Europa asuma la responsabilidad
de su propia defensa y que se abran los mercados para dar acceso libre a los bienes
y servicios estadounidenses, especialmente en cuanto a la venta de armas (Casa Blanca, 2025). Esta perspectiva no sólo reduce el papel de la Unión Europea al de un actor menor
que necesita del socorro estadounidense, sino que también significaría un aumento
de su dependencia hacia la potencia hegemónica arrastrándose hacia el mismo abismo
al que ésta ya parece encaminarse.
La percepción de debilidad que Estados Unidos mantiene sobre Europa también ha buscado
justificar el aumento de su presencia dentro del Ártico, particularmente en la isla
de Groenlandia. Las ambiciones de la actual administración sobre este territorio,
pese a que no se alinean con el repliegue hacia el hemisferio occidental, también
se enmarcan en los planes del Corolario Trump a la Doctrina Monroe, la cual antepone
los intereses del Estado estadounidense por encima de cualquier alianza, incluso la
OTAN, argumentando la importancia de la isla para su seguridad nacional. En ese sentido,
la Unión Europea se halla en una encrucijada en la que su principal socio comercial
y militar, quien mantiene alrededor de 275 bases militares en territorio europeo,
amenaza a la soberanía de sus Estados miembro y, a su vez, le obliga a adquirir más
compromisos con la alianza transatlántica para aumentar su dependencia del armamento
estadounidense y, por lo tanto, continuar el sometimiento político que mantiene sobre
la mayor parte del continente (Debusmann, 2026; Assistant Secretary of Defense for Energy, Installations and Environment, 2026). Las fricciones se han agudizado con los ataques militares de los Estados Unidos
a Irán y la negativa de los Estados europeos de participar en ese conflicto. En este
escenario, el Acuerdo entre México y la Unión Europea podría ser una pequeña válvula
de escape que amplía las posibilidades de los europeos frente a la volátil política
de Trump, que, a pesar de todo, se mantiene como el principal socio político de ambos
actores.
En contraste, el documento sobre la política de China hacia América Latina y el Caribe
plantea una relación horizontal con el continente americano, promoviendo el desarrollo
de la cooperación sobre la base de los principios de respeto mutuo, plena igualdad
e independencia, promoviendo el intercambio a través de organizaciones internacionales
como la Organización de las Naciones Unidas o la Comunidad de Estados Latinoamericanos
y Caribeños (CELAC), con la intención de aumentar la representación y el derecho a
voz del Sur Global. En este sentido, dicha hoja de ruta también plantea la ampliación
de la cooperación en la explotación y el aprovechamiento de la cadena industrial con
las naciones del continente, pero es incisiva al mencionar que se hará sobre la base
de “cooperación mutuamente beneficiosa y desarrollo sostenible” (Observatorio Política China, 2025).
Si bien China se ha mostrado sobre el papel como un aliado más de América Latina y
el Caribe, México no podrá profundizar sus relaciones con el gigante asiático en el
corto plazo debido al atroz intervencionismo estadounidense en su política doméstica,
el cual se ha caracterizado (desde el regreso de Donald Trump a la presidencia) por
la constante amenaza de implementación de aranceles sobre la totalidad de los bienes
y servicios mexicanos, cuestión que a su vez ha provocado que México lleve a cabo
una política más hostil contra el comercio con los países de Asia, dirigida particularmente
a limitar la entrada de productos del gigante manufacturero. De esta manera, el Senado
mexicano decidió emitir una ley que implementa aranceles de hasta el 50 % a los productos
de los socios con los cuales México no ha firmado un tratado de libre comercio, en
vigor a partir del primero de enero de 2026, marcando el futuro de la relación bilateral
con el país asiático en el corto y mediano plazo (Observatorio Política China, 2025a).
Este proceso se inscribe en una dinámica más amplia de reconfiguración de las relaciones
birregionales, evidenciada por la firma, tras casi 25 años de negociaciones, del acuerdo
de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea, que crea la mayor zona de
libre comercio del mundo, con alrededor de 720 millones de personas y cerca del 25
% del PIB global.8 Este pacto, al igual que la modernización del Acuerdo Global México-Unión Europea,
responde a una estrategia europea orientada a profundizar la liberalización comercial,
fortalecer cadenas de valor birregionales y diversificar socios en América Latina
en un contexto de creciente rivalidad sistémica entre grandes potencias. Sin embargo,
ambos acuerdos han enfrentado resistencias internas significativas dentro de Europa,
particularmente por parte de agricultores y ganaderos que denuncian una competencia
desleal derivada de las asimetrías en estándares ambientales, sanitarios y de bienestar
animal, lo cual pone de relieve los límites políticos de la apertura comercial europea
y la contradicción estructural entre la promoción del libre comercio y la protección
de sectores social y electoralmente sensibles (BBC News Mundo, 2026). En otras palabras, el componente geoestratégico de ambos acuerdos que se orienta
a reforzar la presencia de la Unión Europea en América Latina y a reducir la influencia
de China, parece imperar incluso a costa de generar conflictos sociales y asumir elevados
costos políticos internos para los Estados europeos.
Así, en este escenario internacional convulso, marcado por la fragmentación política
interna y externa de los Estados, debido a la reconfiguración de las fuerzas sociales
y el reajuste geopolítico de los polos de poder y la intensificación de la competencia
entre grandes potencias, América Latina y el Caribe se configuran como un espacio
central de disputa geoeconómica. En este contexto en el que Europa aparece como un
actor relativo en declive estratégico, crecientemente dependiente del respaldo estadounidense
para sostener su proyección global, el Acuerdo Modernizado de 2025 emerge como una
ventana de oportunidad para la Unión Europea y para México, aunque para el país latinoamericano,
de menor peso económico relativo, los potenciales beneficios del acuerdo sólo podrán
materializarse plenamente si se acompañan de políticas activas de fortalecimiento
de la industria nacional y de tecnificación del sector agropecuario, evitando que
el acuerdo reproduzca esquemas de inserción dependiente basados en la atracción pasiva
de inversión extranjera directa.
6. El acuerdo global México-Unión Europea en un mundo fragmentado
Desde comienzos del siglo XXI, México ha profundizado su inserción en redes de producción
globales mediante políticas de nearshoring, que han atraído inversión extranjera directa hacia su manufactura industrial, impulsadas
por tensiones comerciales y de seguridad con Estados Unidos, su principal socio comercial
y geopolítico, al tiempo que mantiene una relación compleja y desequilibrada con China,
buscando equilibrar intereses económicos y evitar una subordinación geoeconómica unilateral
(Berg et al., 2025). En este contexto, la Unión Europea se presenta como un tercer interlocutor en materia
normativa y de diversificación de vínculos estratégicos (Magdin, 2025; Ruano, 2025).
Estas novedades que se presentan en el marco del Acuerdo Modernizado de 2025 se diseñaron
para aumentar la competitividad y la resiliencia de cadenas de suministro entre las
partes, lo cual es definido en el documento como seguridad económica y sostenibilidad.
Cabe decir que esto se da en un contexto en el que el intercambio de bienes entre
la Unión Europea y América Latina ha mostrado desde comienzos del siglo XXI una dinámica
de crecimiento moderado pero de pérdida relativa de peso frente a actores emergentes
como China que multiplicó su comercio con la región de manera espectacular, casi 34
veces, pasando de cifras de sólo unos miles de millones a más de trescientos mil millones
de dólares entre 2000 y 2020, convirtiéndose en el segundo socio comercial de la región
después de los Estados Unidos como se puede ver en la Gráfica 1.
Gráfica 1
Volumen del comercio de bienes (importaciones y exportaciones) de los principales
socios comerciales de América Latina durante el periodo 2001-2024 (en dólares)

Las relaciones económicas de América Latina combinan tres factores. (1) Una arquitectura
de acuerdos comerciales y de cooperación regional e interregional que, aunque diversa,
ha buscado ganar autonomía respecto de las potencias tradicionales; (2) La creciente
inserción de China, que no sólo ha incrementado de manera exponencial su intercambio
con la región, sino que en años recientes ha consolidado líneas de crédito, inversión
y presencia estratégica en sectores clave; y (3) la persistente primacía de Estados
Unidos como principal socio comercial, inversionista y referente institucional, cuyo
peso histórico continúa condicionando los márgenes de autonomía económica y diplomática
de los países latinoamericanos. Estos factores determinan que la estrategia europea
ya no pueda limitarse a la mera liberalización de accesos arancelarios, sino que requiere
medidas activas de re-anchoring industrial (reglas de origen modernas, contenido regional, normas técnicas para nuevas
industrias como la electromovilidad), instrumentos financieros para inversiones responsables
y mecanismos regulatorios que integren sostenibilidad y seguridad de suministros.
Por eso, el Acuerdo Modernizado de 2025 que incorpora acceso ampliado a mercados industriales
y agrícolas, reglas de origen adaptadas a nuevas cadenas (por ejemplo, vehículos eléctricos
y componentes industriales), y capítulos de inversión y sostenibilidad, es paradigmática,
porque funciona a la vez como intento de recuperar espacio estratégico en América
del Norte y como punto de anclaje para reactivar la proyección europea en América
Latina de forma más amplia. El acuerdo es un ejemplo operativo de cómo la Unión Europea
pretende combinar comercio, estándares regulatorios y políticas industriales para
contrarrestar pérdidas de cuota frente a China y fortalecer una asociación más equilibrada
frente al predominio estadounidense en la región (Grieger, 2023). Sin embargo, a pesar de que las motivaciones estratégicas de México y de la Unión
Europea convergen en puntos, divergen en prioridades. México busca explícitamente
diversificar mercados y reducir la hiperdependencia respecto a Estados Unidos, una
realidad cuyo peso estructural queda expresado en la magnitud del comercio bilateral
con Estados Unidos, como se muestra en la Gráfica 2.
Gráfica 2
Volumen del comercio de bienes (importaciones y exportaciones) de los principales
socios comerciales de México durante el periodo 2001-2024 (en dólares)

Fuente: Elaboración propia con base en el Centro de Comercio Internacional (2025).
México se mantiene como uno de los dos principales socios comerciales de los Estados
Unidos, con una profunda integración productiva en sectores como el automotriz, electrónico,
de dispositivos médicos y textiles. En 2024, fue el principal origen de las importaciones
estadounidenses y el segundo destino de sus exportaciones. Más del 80 % de las exportaciones
mexicanas se dirigieron a los Estados Unidos y más del 40 % de sus importaciones provinieron
de ese país. Los principales bienes que los Estados Unidos exportan a México incluyen
maquinaria eléctrica, energía, vehículos, plásticos y productos agrícolas (maíz, carne
de cerdo, lácteos y soya). Por su parte, México exporta a los Estados Unidos vehículos,
maquinaria, equipo médico y productos agrícolas por más de 48 mil millones de dólares
(como vegetales frescos, cerveza, destilados y frutas). Por otro lado, México es uno
de los principales socios comerciales de la Unión Europea en América Latina, compitiendo
con Brasil, y superando por mucho a Chile, Argentina y Colombia, que también son socios
importantes para los europeos en la región, tal y como se puede ver en la Gráfica 3.
Gráfica 3
Volumen del comercio de bienes (importaciones y exportaciones) de los principales
socios comerciales de la Unión Europea en América Latina durante el periodo 2001-2024
(en dólares)

Fuente: Elaboración propia con base en Centro de Comercio Internacional (2025)
El comercio entre la Unión Europea y América Latina presenta una estructura asimétrica
que depende de los diferentes niveles de desarrollo e industrialización. En tanto,
Brasil, Argentina y Chile exportan principalmente bienes primarios, como productos
agrícolas, minerales y energéticos, e importan maquinaria, equipo de transporte y
productos químicos. México mantiene un patrón más diversificado y de mayor valor agregado,
importando desde la Unión Europea maquinaria (28 %), productos químicos y farmacéuticos
(22 %) y vehículos automotores (18 %), como se observa en la Gráfica 4.
Gráfica 4
Volumen de los principales productos importados por México desde la Unión Europea
(27 países) durante el periodo 2001-2024 (en dólares)

Fuente: Elaboración propia con base en Centro de Comercio Internacional (2025)
Las exportaciones de México a la Unión Europea están compuestas principalmente por
maquinaria y aparatos eléctricos (27 %), equipo de transporte (23 %) y productos químicos
y minerales (15 %). Llama la atención la disminución de las exportaciones de combustibles
minerales de México a la Unión Europea desde 2018, debido al cambio de las políticas
internas mexicanas orientadas a la autosuficiencia energética,9 como se puede ver en la Gráfica 5.
Gráfica 5
Volumen de los principales productos exportados por México a la Unión Europea (27
países) durante el periodo 2001-2024 (en dólares)

Fuente: Elaboración propia con base en Centro de Comercio Internacional (2025)
México concentra cerca del 36 % del comercio total entre la Unión Europea y América
Latina, lo que lo convierte en su principal socio comercial regional, y evidencia
su inserción en cadenas globales de valor industriales, a diferencia del perfil primario-exportador
predominante en Sudamérica. Sin embargo, el mayor volumen de comercio no es necesariamente
sinónimo de una inserción efectiva en las cadenas globales de valor. A pesar de que
la participación de México en las cadenas globales de valor ha aumentado significativamente,
pasando de un valor agregado del 10.1 % en 1995 al 14.1 % en 2018, el valor agregado
no relacionado con comercio internacional disminuyó del 80.7 % al 72.9 % en el mismo
período. Esto es así porque el modelo mexicano se basa principalmente en una especie
de integración hacia atrás, es decir, importación de insumos para manufactura de exportación,
lo que limita la profundidad de su inserción en cadenas de valor complejas frente
a economías con mayor desarrollo de comercio intra-industrial (Pérez-Santillán y Arriaga, 2024, p. 686).
En este esquema, las cadenas globales de valor operan con lógicas opuestas que reconfiguran
el comercio de materiales y componentes. Con el T-MEC, México se inserta en cadenas
globales de valor verticales de alta integración regional donde el comercio de partes
y componentes representa el 70% del intercambio intrarregional, particularmente en
sectores automotriz, aeroespacial y electrónico, mediante un esquema de “maquila”
en el que la producción en proceso cruza la frontera múltiples veces (un vehículo
puede atravesar 8-10 ciclos de exportación-importación antes de su ensamblaje final),
generando dependencia de insumos intermedios estadounidenses y susceptibilidad a aranceles
sectoriales que rompen la cadena productiva. Por el contrario, el Acuerdo Global modernizado
de 2025 entre México y la Unión Europea promueve cadenas globales de valor diversificadas
y sostenibles mediante un capítulo específico sobre materias primas críticas (litio,
cobalto, tierras raras), que busca reducir la dependencia asiática y asegurar flujos
estratégicos para la transición energética europea, mientras que la apertura de contratación
pública subnacional permite que componentes europeos, no sólo ensamblados finales,
compitan en proyectos de infraestructura mexicana, alterando la dinámica tradicional
donde México importaba componentes principalmente de los Estados Unidos, para reexportar
productos terminados.
El impulso a la modernización del Acuerdo Global México-Unión Europea de 2025, por
parte de actores empresariales e industriales, como cámaras, exportadores y conglomerados
automotrices, junto con la voluntad política de las autoridades de ambas partes, ha
contribuido a dotar al acuerdo de mayor certidumbre regulatoria y a ampliar sus posibilidades
de expansión comercial (Comisión Europea, 2025). La modernización de este instrumento se distingue del T-MEC y de la actual y tensa
dinámica de renegociación trilateral por la adopción del Sistema de Tribunales de
Inversiones de la Unión Europea, un mecanismo permanente y de carácter supranacional
para la resolución de controversias entre inversionistas y Estados. Este modelo contrasta
con el esquema del T-MEC, que, si bien regula el comercio entre sus socios mediante
mecanismos de solución de controversias, mantiene un enfoque menos institucionalizado
en materia de arbitraje inversionista-Estado. Además, la inclusión de compromisos
vinculantes en materia de desarrollo sostenible, alineados con el Acuerdo de París
sobre cambio climático que Estados Unidos rechazó en 2025, así como la apertura de
la contratación pública mexicana a nivel subnacional (estados y municipios) para empresas
europeas, constituyen elementos distintivos adicionales del Acuerdo Global modernizado
entre México y la Unión Europea.
Sin embargo, cabe decir que el acuerdo enfrentó resistencias de sindicatos, organizaciones
ambientales y colectivos civiles que denunciaron falta de transparencia, riesgos a
la soberanía energética y debilitamiento de normas sociales y ambientales (Transnational Institute, 2022;
Grieger, 2023). En México, el debate legislativo reflejó tensiones sobre asimetrías y cláusulas
que podrían afectar la capacidad estatal de regulación, mientras en Europa las asociaciones
empresariales celebraron el impacto exportador del acuerdo (Senado de la República,
2017; Blenkinsop, 2025). Así que este proceso debe leerse desde la economía política crítica como un instrumento
ambivalente, ya que actúa a la vez como un intento de revitalizar cierto multilateralismo
contractualizado, creando reglas más finas y normas comunes que trascienden la bilateralidad
tradicional, y como un mecanismo de inserción en redes de valor global dominadas por
centros industriales.
Por eso, no se debe perder de vista que el Acuerdo Modernizado de 2025 es producto
de negociaciones hibridas, en las que confluyen intereses empresariales transnacionales,
estrategias estatales de inserción internacional y marcos normativos europeos de fuerte
densidad regulatoria (Aragonés, 2025). El resultado es la introducción en dicho acuerdo de capítulos sobre desarrollo sostenible,
cooperación regulatoria y cadenas de valor resilientes, lo cual refleja los intentos
por compatibilizar apertura comercial con legitimidad social. Así, parafraseando la
idea de los juegos de doble nivel de Robert Putnam (1988), el acuerdo debe ser comprendido como una bisagra entre la dimensión externa del
multilateralismo comercial, marcada por conflictos, resistencias y disputas normativas,
y la dimensión interna de la reconfiguración productiva y la política nacional, donde
se juegan las posibilidades reales de autonomía, diversificación y captura de valor
para ambas partes.
En el corto-mediano plazo este acuerdo puede elevar la autonomía relativa de México,
diversificando sus exportaciones, mejora de reglas de origen, y atracción de Inversión
Extranjera Directa (IED) con las cláusulas de sustentabilidad. Esto puede ser posible
porque la IED en México ha mantenido un crecimiento sostenido en los últimos años,
con flujos superiores a los US $36 mil millones anuales, dirigidos principalmente
hacia la manufactura automotriz, electrónica, dispositivos médicos, energías renovables
y servicios financieros. Destaca el incremento de capital proveniente de Estados Unidos,
Alemania, España y Canadá, mientras que la presencia de empresas asiáticas, especialmente
chinas, coreanas y japonesas se ha expandido en sectores de tecnología y electromovilidad,
aunque aún son muy incipientes, como se puede ver en la Gráfica 6.
Gráfica 6
Volumen de la Inversión Extranjera Directa por actor internacional durante el periodo
2006-2023 (en millones de dólares)

*Se contempla que debido a las fluctuaciones de los Estados miembros, la Unión Europea
comprende 25 países en el 2006, 27 entre 2007-2012, 28 entre 2013-2020 y nuevamente
27 a partir de 2021 con la consolidación del Brexit.
Fuente: Elaboración propia con base en CNIE, (2024) y Dussel (2025)
Pese a posicionar al bloque comunitario como el segundo mayor inversionista extranjero
en el país, lo cierto es que la inversión extranjera directa (IED) de la Unión Europea
en México, también revela profundas asimetrías estructurales en la distribución de
beneficios, capacidades tecnológicas y patrones sectoriales que condicionan los efectos
en la economía mexicana. Aproximadamente el 31.1 % de las inversiones recibidas por
México entre 1999 y 2020 se concentran principalmente en manufactura, servicios financieros
y energía, reflejando una especialización que favorece a capitales europeos en detrimento
de una integración más equilibrada de la industria local (Secretaría de Relaciones
Exteriores, 2025). Además, se debe considerar que los sectores y las regiones receptoras
en México no absorben homogéneamente estos flujos, evidenciando asimetrías regionales
y estructurales en la capacidad para atraer y retener proyectos de IED (CEPAL, 2024b).
A nivel territorial, los estados del norte y del bajío (Nuevo León, Chihuahua, Querétaro,
Guanajuato y Coahuila) concentran más del 60 % de los proyectos de IED, reflejando
la integración productiva con América del Norte. Sin embargo, persisten asimetrías
regionales y limitaciones estructurales en infraestructura, seguridad energética y
certidumbre regulatoria que condicionan el potencial de la inversión como palanca
de desarrollo equilibrado y sustentable. Es por ello que se considera importante la
modernización del Acuerdo Global entre México y la Unión Europea, pero difícilmente
podrá desarticular las jerarquías estructurales de la economía mexicana. La escala
del comercio y la preeminencia estadounidense (y el crecimiento paralelo de vínculos
con China y otras potencias), limitan la posibilidad de un reequilibrio radical. Las
tendencias regionales muestran un crecimiento continuado del comercio de América Latina
con China y con la Unión Europea, aunque el patrón dominante sigue siendo polarizado
y asimétrico; la profundización de pactos como el México-Unión Europea puede abrir
ventanas para agendas Sur-Norte más equitativas (transferencias tecnológicas condicionadas,
cooperación en cadenas verdes, financiamiento climático y reglas de contenido local),
pero esos potenciales dependen de la articulación de políticas públicas nacionales
que aprovechen cláusulas de industrialización y no sólo de atracción pasiva de capital.
Desde una perspectiva crítica, las asimetrías estructurales, definidas como diferencias
significativas en capacidad productiva, tecnológica e institucional entre los países
inversionistas y receptores, limitan la transferencia de tecnología y los eslabonamientos
productivos locales, reproduciendo patrones de dependencia y restringiendo los beneficios
distributivos de la IED en contextos de desarrollo desigual, típico del capitalismo
periférico10
(Amin, 1978). Así que, aunque la modernización del Acuerdo Global Unión Europea-México busca elevar
la protección de inversiones y facilitar mayores flujos comerciales y de capital,
estas reformas también pueden profundizar privilegios para inversionistas europeos
si no se acompañan de mecanismos efectivos de desarrollo tecnológico y fortalecimiento
de capacidades locales (Pérez, 2025). Dicho de otro modo, por su concentración sectorial, distribución geográfica y marcos
jurídicos de protección, la IED europea en México opera más como un factor de integración
asimétrica que como un instrumento de desarrollo equilibrado, lo cual pone de relieve
la necesidad de políticas públicas que mitiguen estas desigualdades estructurales
para que la apertura económica no reproduzca patrones de subordinación económica.
Además, los cambios políticos en América Latina y el Caribe, desde la oleada de gobiernos
progresistas, a comienzos del siglo XXI, hasta la actual ola creciente de administraciones
de derecha y conservadoras en países como Argentina, Perú, Ecuador, Bolivia y Chile,
no deja de tener repercusiones geopolíticas para México y Europa. La consolidación
de estos liderazgos derechistas en la región, con afinidades ideológicas hacia políticas
más alineadas con Estados Unidos de Trump, reconfigura la relación entre la región
y el exterior, incluidas aquellas dinámicas de cooperación con Europa, que históricamente
ha promovido agendas de derechos humanos, multilateralismo y desarrollo sostenible
(Debre, 2025, 06 de diciembre; Dubé, 2025, 14 de diciembre). En otras palabras, el viraje hacia la derecha disminuye los márgenes de convergencia
política y normativa entre América Latina y la Unión Europea, en la medida en que
varios de estos gobiernos priorizan agendas más proteccionistas, de soberanía nacional
y liberalización económica selectiva, relegando compromisos multilaterales en materia
ambiental, social y de derechos humanos.
La reorientación de la política regional tiende a transformar la relación con la Unión
Europea en un vínculo cada vez más instrumental, centrado prioritariamente en el comercio
y la inversión, antes que en la construcción de consensos normativos y políticos de
largo plazo. Para México, este escenario implica un desafío doble que es mantener
su papel como interlocutor estratégico y puente político entre América Latina y Europa;
y, al mismo tiempo gestionar las tensiones derivadas de una región crecientemente
fragmentada en términos ideológicos. En este contexto ya se observan fricciones concretas,
como la ruptura de relaciones diplomáticas con Ecuador desde 2024 por el otorgamiento
de asilo a funcionarios ecuatorianos y la violación de inmunidades diplomáticas, las
tensiones recientes con Perú, así como los desencuentros discursivos con el gobierno
de Javier Milei en Argentina, cuyo enfoque confrontacional y alineado con agendas
conservadoras ha erosionado los espacios tradicionales de concertación regional.
A ello se suma el avance de la ultraderecha en Europa, que impulsa agendas más securitarias,
restrictivas en materia migratoria y menos comprometidas con el multilateralismo y
la cooperación para el desarrollo (Minutti y Crivelli, 2025). Esta convergencia del giro a la derecha en América Latina y Europa se ve atravesada
por tensiones geopolíticas derivadas de la reorientación estratégica de Estados Unidos
bajo la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, que desplaza la rivalidad con China
hacia un plano principalmente económico y refuerza la prioridad de la hegemonía estadounidense
en su hemisferio, sugiriendo una lógica de tutela sobre América Latina, el Caribe
y Europa (Casa Blanca, 2025). Aunque este documento ha generado un fuerte rechazo en Bruselas y París por considerarse
una injerencia en la soberanía europea, al advertir una supuesta “erosión civilizacional”
(Hall et al., 2025; El País, 2025), el giro estratégico refuerza la consolidación de un bloque norteamericano centrado
en los intereses America First. Esto dificulta la cooperación transatlántica y alinea a los gobiernos de América
Latina y el Caribe con posturas más acordes a los intereses estratégicos de los Estados
Unidos (Magdin, 2025; Ruano, 2025), como ya lo demostró la reciente Cumbre del Escudo de las Américas, una iniciativa
multinacional de cooperación militar entre Washington y 11 países latinoamericanos
y caribeños afines a Trump. La Unión Europea y México ahora tienen por delante el
desafío de sortear las lógicas unilaterales de Washington.
7. Consideraciones finales
La modernización del Acuerdo Global México-Unión Europea se configura, en el contexto
del siglo XXI, como un instrumento estratégico para ambos actores en un sistema internacional
fragmentado (Gereffi, 2018). Para México, el acuerdo representa una oportunidad para diversificar sus vínculos
económicos y reducir su dependencia estructural respecto a Estados Unidos, que concentra
el 83 % de su comercio frente al 7.8 % que mantiene con la Unión Europea, fortaleciendo
su capacidad de negociación y ampliando su margen de autonomía relativa frente a presiones
geopolíticas, comerciales y regulatorias crecientes (CEPAL, 2024a). El Acuerdo Global no constituye una alternativa de sustitución en términos cuantitativos,
sino una vía de diversificación cualitativa hacia sectores de mayor valor agregado,
tecnología verde e innovación que permita al país evolucionar desde el proveedor de
mano de obra barata hacia el nodo estratégico de procesamiento de materias primas
críticas para baterías y tecnologías limpias.
Para la Unión Europea, el Acuerdo Modernizado de 2025 con México se inserta en su
estrategia de reforzar la resiliencia económica, asegurar suministros críticos y avanzar
hacia una mayor autonomía estratégica abierta, particularmente en energías renovables,
manufacturas avanzadas y tecnologías verdes, en línea con su agenda industrial y climática
(Comisión Europea, 2025). Así, mientras las cadenas globales de valor tradicionales operan bajo lógicas de
producción fronteriza justo-a-tiempo con alta vulnerabilidad a disrupciones, la modernización
del acuerdo ofrece una alternativa de cadenas más resilientes pero menos integradas
verticalmente, diversificando la matriz de importación de componentes industriales
más allá de la esfera norteamericana. Esta convergencia de intereses abre un espacio
de oportunidad condicionado por decisiones políticas concretas y por la capacidad
estatal para orientar los beneficios del acuerdo (Ruano, 2025).
Sin embargo, el impacto real del Acuerdo Modernizado de 2025 sobre la redistribución
del poder económico y productivo dependerá, en gran medida, de su articulación con
políticas públicas activas orientadas al desarrollo industrial, la innovación tecnológica,
el fortalecimiento fiscal y el financiamiento público-privado de sectores estratégicos.
El Estado mexicano aspira, en este marco, a reducir la dependencia de importaciones,
fortalecer la capacidad productiva interna y alcanzar que al menos el 50 % de la proveeduría
y el consumo nacional correspondan a bienes de origen nacional, además de ampliar
el empleo formal (Gobierno de México, 2025). Por eso, en ausencia de un andamiaje institucional la relación México-Unión Europea
corre el riesgo de profundizar patrones de inserción subordinada en las cadenas de
valor europeas, reproduciendo las asimetrías históricas en términos de transferencia
tecnológica, valor agregado y capacidades productivas nacionales, como ha advertido
la literatura estructuralista y neoestructuralista latinoamericana.
Asimismo, la incorporación y aplicación efectiva de salvaguardas sociales y ambientales
robustas resulta central para evitar que la liberalización comercial derive en precarización
laboral, desregulación ambiental o competencia a la baja entre territorios, especialmente
en un contexto de transición energética y creciente presión geopolítica sobre los
recursos naturales. Los capítulos de comercio y desarrollo sostenible, cooperación
regulatoria y solución de controversias no son instrumentos neutros, sino expresiones
de correlaciones de fuerza internas y de la capacidad de los Estados para subordinar
la lógica del mercado a objetivos de desarrollo de largo plazo. Por eso, el impacto
del Acuerdo Modernizado de 2025 dependerá de su implementación efectiva y de su coherente
articulación con políticas industriales, tecnológicas y sociales activas. Acompañado
de reformas estructurales, este instrumento podría convertirse en una palanca para
una inserción internacional más autónoma, diversificada y con mayor valor agregado,
reforzando al mismo tiempo la posición geopolítica de México y la Unión Europea en
un sistema internacional en transformación, de lo contrario, podría reproducir dinámicas
centro-periferia bajo un marco normativo renovado.